Me duele buscar las huellas de Ana Isabel, leer, escuchar su voz de Gata,,, Y no haberla conocido antes de que la besara la muerte.
Ana Isabel García Lorente, más conocida como Gata Cattana, cantante y poeta cordobesa (1991 - 2017), nació en Adamuz y murió en Madrid por un choque anafilático. Tenía 27 años.
MALDITOS SEAN
Malditos sean los mapas,
las coordenadas, las carreteras
y las vías de la Renfe.
Malditas las unidades de medida:
las horas, los kilómetros, los números.
Malditas sean las comunidades autónomas,
el tendido eléctrico,
las líneas telefónicas,
las conexiones automáticas
y la red virtual.
¡Malditos los poetas!
¡Maldito Salinas, maldito Machado!
Y Gustavo.
Y Federico.
Malditas las tostadas
con café por las mañanas.
Malditas las canciones
que me arrancó, los testigos.
Malditas las camas de uno cuarenta,
la prisa, el alcohol y los planes a la larga.
Malditos los pensamientos impuros,
las ideas lujuriosas y la libido.
Malditas sean también las comparaciones
y los dólares, la ley del suelo
y la burbuja inmobiliaria.
Malditas las parejas de la mano,
malditos los besos sin tapujos,
maldito el camino de vuelta.
Y tus ojos.
Y todas las cosas que me recuerdan que tú no estás.

LA ESCALA DE MOHS
Todo el mundo se vende.
Al final... todo el mundo.
Yo me vendí por tres milímetros
de iris azul tanzanita
en cada ojo
lo que hacen un total de seis
por dos de ancho
milímetros de iris azul radiactivo,
azul heisenberg.
No se si al diablo o a quién…
porque en Cupidos no creo,
pero cambié mis veredas livianas
y el jardín de trofeos
y mis cuevas de ego sin fondo
sin tregua ni amparo
y esta mala fe de augura
y el mañana, y el ahora…
por seis por dos milímetros de iris
de topacio azul,
de dureza ocho
en la escala de Mohs.
Y cambié mis sonrisas infalibles
hábilmente conseguidas
y las ganas de los otros
y el discurso de Gomorra
y de Artemisas en Arcadias…
En resumidas cuentas,
la heroicidad de la independencia,
la certeza de no ir viendo fantasmas
como Bécquer,
y he aquí la paradoja:
por seis por dos de pupila azul turmalina,
con algo de cobalto y de polonio,
y lo de polonio no lo digo por el color.
Al final todo el mundo…
Todo el mundo tiene un precio.
Y quién me iba a decir a mí
que después de tanto principio,
tanta ley y tanto código, tanto juez
y tanta ética, tanto farol bien tirao…
que el mío iba a ser tan minúsculo.
Yo siempre lo supe.
Desde que a Aquiles le dieron
a elegir entre la gloria o la paz,
yo ya lo sabía,
hubiera elegido lo segundo.
No soy de cantares de gesta.
Y siempre releía la historia
advirtiéndole desde mis adentros
a ver si no cometía el mismo error.
Pero nada.
Y claro,
directa al talón.
Yo hubiera elegido lo otro,
siempre se lo dije.
Hubiera muerto a los setenta
en una islita griega mirando el mar.
Al fin y al cabo la gloria no es tanto…
La gloria debe ser morirse
en una islita griega mirando el mar.
Al fin y al cabo…
¿Quién se acuerda hoy de Aquiles?
Si no es esta loca rumiante mascullando
te lo dijes.
Para eso has quedado.
Para lo que quedó Troya.
Para que venga ahora esta loca
rumiante mascullando te lo dijes
a altas horas.
Otras noches te comprendo.
Y te compadezco.
Y nos compadezco.
En cierto modo algo de razón tenías,
todo el mundo tiene un precio.
Y quién me iba a decir a mí,
quién nos iba a decir,
que el mío fuera un total
de seis por dos milímetros cuadrados
de iris tapiz de hilo persa,
azul egipcio,
Bombay Sapphire,
de dureza ocho
en la escala de Mohs.
Yo hubiera elegido lo otro,
siempre te lo dije.
Aunque en cierto modo puede
que tuvieras razón.
Quién sabe si tenías razón.

CON LAS MANOS
No aman de igual forma
los ricos y los pobres.
Los pobres aman con las manos.
Los pobres aman en la carne y con gula,
en las peores estampas,
en condiciones famélicas y con
todo en su contra.
Los pobres aman sin bonitos decorados.
Entienden de lunes y de tedios domingueros
y de gastos imprevistos
de facturas y de angustias
que embisten
mes a mes
a quemarropa.
El amor de los pobres
no sale por la ventana
aunque el dinero entre
por la puerta,
(que nunca entra),
(aunque no haya ventanas).
Los pobres han aprendido
a amarse a oscuras por eso mismo.
Han aprendido a amarse mal alimentados
mal vestidos, malqueridos,
porque el hambre agudiza el ingenio
y en sus jardines también crecen las flores
(aunque no haya jardines).
Los pobres han aprendido a aprovechar
los vis a vis, entre jornada y jornada
de trabajo,
(aunque no haya trabajo)
y saben darse placeres nunca tasados
de valor incalculable
y han aprendido a disfrutar las circunstancias
y la sopa de sobre,
el viejo colchón y la cuesta de enero.
Y parece que su amor se yergue
indestructible a pesar de,
a pesar de las miles de plagas,
de los sueños frustrados y fracasos andantes,
de las crisis cíclicas y de hambrunas y de guerras,
más valiente que Heracles,
más Odiseo que Odiseo.
Y parece que su amor se extiende y se multiplica
al ritmo que se multiplican los pobres,
al ritmo que se multiplican los infortunios
y los desastres naturales que golpean
siempre en las casas de los pobres.
Y ese amor está a la altura de Urano,
a la altura de Urano y de Gea juntos,
y es el única arma
que tienen los pobres
para defenderse.
Por eso han aprendido a cultivar flores
y a cantar bien sus penas
y han inventado las mejores obras
y los mejores instrumentos.
Por eso entienden de arte y saben
encontrarlo donde lo haya,
aunque no lo haya,
(que siempre lo hay).
Y han aprendido a aprovechar el carisma
y la jerga,
y a escribir poemas inmortales
sobre amores complicados,
y saben de cosquillas,
y saben de boleros
y saben de desnudos
y de darlo todo,
que no es más que lo puesto,
las manos y la lengua
la forma de otear el horizonte
y los cánticos en contra del patrón.
yo solo se amar de esta manera
yo te amo como aman los pobres
y me temo
que por mucho mucho tiempo
esto seguirá siendo así.

ALGO MÁS
Para mí nunca nada es suficiente.
Me da igual que me cantes serenatas
o que conquistes ciudades en regiones
bárbaras bajo mi estandarte
o que lleves mi estandarte a Mercurio o a Urano.
Incluso aunque lo clavaras
en el cabecero de tu cama,
seguiría pareciéndome insuficiente.
Y haces bien en no regalarme flores.
Haces bien, porque ni las magnolias
ni los claveles ni los tulipanes,
ni siquiera las rosas negras,
me conmueven lo más mínimo
ni me parecen una honda declaración.
Ni siquiera los chocolates.
Ni siquiera las noches
en que te muestras elocuente.


