Me duelen las hercúleas rosas de Tomás Morales tronchadas y reunidas en su mar modernista.
Tomás Morales (Moya, Gran Canaria, 1884) fue uno de los principales poetas del modernismo español. Con 36 años (1920) murió, enfermo, en las Palmas, rodeado de sus amigos: el mar y los poetas.
CANTO SUBJETIVO
Yo amo el sol
en el triunfo de la Naturaleza,
los
ensueños heroicos de las eras triunfales
y
las tardes de otoño, que tienen la tristeza
de
las cosas ingenuamente sentimentales.
El
rumor de los élitros y el agua de la fuente
–
la eterna letanía de las viejas quimeras –
que,
con amor, a veces, y otras indiferente,
voy
uniendo a mis rudas canciones marineras.
El
mar tiene un encanto, para mí, único y fuerte;
su
voz es como el eco de cien ecos remotos
donde
flotar pudiera, más fuerte que la muerte,
el alma
inenarrable de los grandes pilotos…
Alma
de los turbiones y del grueso oleaje
que el misterio
marino de iniciaciones puebla;
que
silba con la lira sonora del cordaje
y
calla en el silencio de los días de niebla…
Yo
sé de los piratas de homérica osadía,
y aprendí
sus historias, más grandes que ninguna,
cuando,
viajero en sueños, pasé en su compañía
las
noches del Adriático, claras como la luna.
¿Y
después? – Fueron brumas y fue un ignoto abismo
de
incomprensibles seres y extraña arquitectura;
y ahondando
en su misterio y en mi profundo mismo,
divisé
el aquilino perfil de la locura…
Él
me guió hasta el seno de un raro firmamento:
horizontes
al brillo de una imposible aurora,
donde
caí, mas, luego, pasó el enervamiento
y olvidé, y olvidando,
volvió a tomar mi acento
la
serena tersura del agua fluidora…
Como
tras la blasfemia viene el remordimiento…
Ellos
me redimieron, y así, mi fantasía
juzga
a todos los hombres de un uniforme modo:
para
aquellos que no aman en mi filosofía
tengo
el gesto benévolo que lo perdona todo…
Y
si veis que mi alma, a menudo, comete
el
pecado de ingenua; no os burléis, se concibe:
soy
como un buen abuelo que ha robado un juguete
por
contentar al niño que en nuestras almas vive…
¿Y el
amor? – Fue el más noble de mis cantos aflejos:
yo
ensalcé de los besos el manantial sonoro,
el
cinabrio escarlata de los labios bermejos
y el
lunar espectáculo de los cabellos de oro…
Sé
que han de ser crueles los venideros días,
porque,
en el breve espacio de mis veintidós años,
desbordé
del espíritu todas las alegrías
para
que en él cupieran todos los desengaños.
Por
eso sé ser triste y en ocasiones, fuerte;
y en
medio de mi escudo pondrá mi fe ilusoria:
el
hacha de abordaje que sabe de la Muerte
y el
bandolín de plata que espera de la Gloria…
LOS
PUERTOS, LOS MARES Y LOS HOMBRES DEL MAR
El mar es como un viejo camarada de
infancia
a quien estoy unido con un salvaje amor;
yo respiré, de niño, su salobre
fragancia
y aún llevo en mis oídos su
bárbaro fragor.
Yo amo a mi puerto, en donde
cien raros pabellones
desdoblan en el aire sus insignias
navieras,
y se juntan las parlas de todas las
naciones
con la policromía de todas las banderas.
El puerto adonde arriban cual monstruos
jadeantes,
desde los más lejanos confines de la
tierra,
las pacíficas moles de los buques
mercantes
y las férreas corazas de los navíos de
guerra.
Y amo estos barcos sucios de
grasientos paveses,
de tiznadas cubiertas y herrumbrosos
metales,
a cuyo bordo vienen marinos genoveses
de morenos semblantes y ojos
meridionales.
Y a esos pobres pataches, tristes,
desmantelados,
de podridas maderas y agrietado pañol;
más viejos que estos lobos que
en un huacal sentados,
al soco de los fardos, están
tomando el sol.
Y en tanto humean sus pipas,
contemplan las viajeras,
naves, que hunden sus torsos de hierro
en la bahía,
y relatan antiguas andanzas
marineras
en las que, acaso, fueron los héroes un
día:
Gavieros atrevidos y patrones
expertos
que en la noche sondaron los más
distantes lares,
que se han tambaleado sobre todos los
puertos
y han escuchado el viento sobre todos
los mares…
Y oyeron de las olas los rudos
alborotos
golpear la cubierta con recia algarabía,
entre los crujimientos de los mástiles
rotos
y las imprecaciones de la marinería.
Y luego, cuando el barco navegaba
inseguro,
y era la noche negra como un ceñudo
arcano,
miraron, en el fondo del horizonte
oscuro,
aparecer la luna como un un fanal
lejano…
¡Oh gigante epopeya! ¡Gloriosos
navegantes
que a la sombra vencisteis y a la
borrasca fiera,
gentes de recios músculos, corazones
gigantes;
yo quisiera que mi alma como
las vuestras fuera!
Y quisiera ir a bordo de esos grandes
navíos,
de costados
enormes y estupendo avanzar,
que dejan en las nubes sus penachos
sombríos
y una estela solemne sobre el azul
del mar.
Y el timonel sería de esa griega corbeta
que hincha sus velas grises
en el ambiente azul;
o el capitán noruego del bergantín
goleta
que zarpó esta mañana con rumbo a
Liverpool…
¡Hombres de mar, yo os amo!
Y con el alma entera,
del muelle os gritaría al veros
embarcar:
¡Dejadme ir con vosotros de grumete
siquiera,
yo, cual vosotros, quiero
ser un Lobo de Mar!
SIEMPRE
A Tomás Morales
Siempre es la palabra última:
La honda palabra de la raíz eterna.
A ti se te metió el Siempre en el alma
como un arpón agudo que la fijó en la tierra.
Alonso Quesada
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| Tomás Morales y Alonso Quesada en Agaete hacia 1917 |











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