martes, 10 de marzo de 2026

Poetas de vida breve. 8 Tomás Morales

Me duelen las hercúleas rosas de Tomás Morales tronchadas y reunidas en su mar modernista.




Tomás Morales (Moya, Gran Canaria, 1884) fue uno de los principales poetas del modernismo español. Con 36 años (1920) murió, enfermo, en las Palmas, rodeado de sus amigos: el mar y los poetas.



CANTO SUBJETIVO

 

Yo amo el sol en el triunfo de la Naturaleza, 

los ensueños heroicos de las eras triunfales 

y las tardes de otoño, que tienen la tristeza

de las cosas ingenuamente sentimentales.

El rumor de los élitros y el agua de la fuente 

– la eterna letanía de las viejas quimeras – 

que, con amor, a veces, y otras indiferente, 

voy uniendo a mis rudas canciones marineras.

El mar tiene un encanto, para mí, único y fuerte;

su voz es como el eco de cien ecos remotos 

donde flotar pudiera, más fuerte que la muerte,

el alma inenarrable de los grandes pilotos…

Alma de los turbiones y del grueso oleaje 

que el misterio marino de iniciaciones puebla; 

que silba con la lira sonora del cordaje

y calla en el silencio de los días de niebla…

Yo sé de los piratas de homérica osadía,

y aprendí sus historias, más grandes que ninguna, 

cuando, viajero en sueños, pasé en su compañía 

las noches del Adriático, claras como la luna.

¿Y después? – Fueron brumas y fue un ignoto abismo

de incomprensibles seres y extraña arquitectura;

y ahondando en su misterio y en mi profundo mismo, 

divisé el aquilino perfil de la locura…

Él me guió hasta el seno de un raro firmamento: 

horizontes al brillo de una imposible aurora, 

donde caí, mas, luego, pasó el enervamiento

y olvidé, y olvidando, volvió a tomar mi acento 

la serena tersura del agua fluidora…

Como tras la blasfemia viene el remordimiento…

Ellos me redimieron, y así, mi fantasía

juzga a todos los hombres de un uniforme modo: 

para aquellos que no aman en mi filosofía 

tengo el gesto benévolo que lo perdona todo…

Y si veis que mi alma, a menudo, comete

el pecado de ingenua; no os burléis, se concibe:

soy como un buen abuelo que ha robado un juguete

por contentar al niño que en nuestras almas vive…

¿Y el amor? – Fue el más noble de mis cantos aflejos:

yo ensalcé de los besos el manantial sonoro,

el cinabrio escarlata de los labios bermejos

y el lunar espectáculo de los cabellos de oro…

Sé que han de ser crueles los venideros días, 

porque, en el breve espacio de mis veintidós años, 

desbordé del espíritu todas las alegrías

para que en él cupieran todos los desengaños.

Por eso sé ser triste y en ocasiones, fuerte;

y en medio de mi escudo pondrá mi fe ilusoria: 

el hacha de abordaje que sabe de la Muerte

y el bandolín de plata que espera de la Gloria…




LOS PUERTOS, LOS MARES Y LOS HOMBRES DEL MAR

 

El mar es como un viejo camarada de infancia

a quien estoy unido con un salvaje amor;

yo respiré, de niño, su salobre fragancia 

y aún llevo en mis oídos su bárbaro fragor.

Yo amo a mi puerto, en donde cien raros pabellones

desdoblan en el aire sus insignias navieras,

y se juntan las parlas de todas las naciones

con la policromía de todas las banderas.

El puerto adonde arriban cual monstruos jadeantes,

desde los más lejanos confines de la tierra,

las pacíficas moles de los buques mercantes

y las férreas corazas de los navíos de guerra.

Y amo estos barcos sucios de grasientos paveses,

de tiznadas cubiertas y herrumbrosos metales,

a cuyo bordo vienen marinos genoveses

de morenos semblantes y ojos meridionales.

Y a esos pobres pataches, tristes, desmantelados,

de podridas maderas y agrietado pañol;

más viejos que estos lobos que en un huacal sentados,

al soco de los fardos, están tomando el sol.

 

Y en tanto humean sus pipas, contemplan las viajeras,

naves, que hunden sus torsos de hierro en la bahía,

y relatan antiguas andanzas marineras

en las que, acaso, fueron los héroes un día:

Gavieros atrevidos y patrones expertos

que en la noche sondaron los más distantes lares,

que se han tambaleado sobre todos los puertos

y han escuchado el viento sobre todos los mares…

Y oyeron de las olas los rudos alborotos

golpear la cubierta con recia algarabía,

entre los crujimientos de los mástiles rotos

y las imprecaciones de la marinería.

Y luego, cuando el barco navegaba inseguro,

y era la noche negra como un ceñudo arcano,

miraron, en el fondo del horizonte oscuro,

aparecer la luna como un un fanal lejano…

¡Oh gigante epopeya! ¡Gloriosos navegantes

que a la sombra vencisteis y a la borrasca fiera,

gentes de recios músculos, corazones gigantes;

yo quisiera que mi alma como las vuestras fuera!

Y quisiera ir a bordo de esos grandes navíos,

de costados enormes y estupendo avanzar,

que dejan en las nubes sus penachos sombríos 

y una estela solemne sobre el azul del mar.

Y el timonel sería de esa griega corbeta

que hincha sus velas grises en el ambiente azul;

o el capitán noruego del bergantín goleta

que zarpó esta mañana con rumbo a Liverpool…

¡Hombres de mar, yo os amo! Y con el alma entera,

del muelle os gritaría al veros embarcar:

¡Dejadme ir con vosotros de grumete siquiera,

yo, cual vosotros, quiero ser un Lobo de Mar!

 





SIEMPRE

                   A Tomás Morales

Siempre es la palabra última:

La honda palabra de la raíz eterna.

A ti se te metió el Siempre en el alma

como un arpón agudo que la fijó en la tierra.

                       Alonso Quesada



Tomás Morales y Alonso Quesada en Agaete hacia 1917


miércoles, 4 de marzo de 2026

Poetas de vida breve. 7 Miguel Labordeta

 

Me duele la falta sin fondo de Miguel Labordeta


Miguel Labordeta (Zaragoza, 1921-1969) Poeta de la generación de la postguerra. Murió de un infarto. Tenía 48 años y, en sus últimos días según su hermano menor José Antonio Labordeta, “sentía una enorme vocación de muerto”.




DESTINO


Lo sabéis amigos
no volveremos más.
La virtud de la lluvia
se aniquila en los soles
y el viento entre las flores
se sumerge en la sangre de los toros.
Sólo los viejos vagabundos al morir
pueden saber quizá
el secreto de la hora derramada
y el porqué de la mujer húmeda en estío.
Pero nosotros no. No podemos volver.
Es imposible calavera mariposa
el tiempo entre la niebla seducido.
Somos nosotros mismos
el ritmo pereciente
y nuestro gesto
la invisible caracola de la muerte
primavera pura aniquilada
en incesantes mundos destruidos.
Nada más. Tan sólo eso.
Un levantar baldío de los brazos
para recoger el mar que se nos huye
pletórico de ahogados y de olvidos.
Un lamento también
y un querer crear agujeros
en el agua mansa de los recién nacidos.
Mientras os alejáis
cantando juventudes
yo permanezco aquí
mudo y atónito
como un muerto inmortal
soñando vida inmensa
y una antigua e inconcebible libertad.
No volveremos más.
Es cierto amigos.
Atardece.
La estatua el árbol la hormiga
y esta pena mía tan hermosa
se confunden en la mente ignorada de las manos.
35 segundos han pasado en mi reloj de Pulsera.

Miguel Labordeta




EL POETA

 

Él quiso ser

palabra sobre el río al amanecer,

y caminó

por viejas esperanzas que nadie entendió.

Dejó después

la mano entre las manos y se nos marchó

con un suave silencio

que el viento rompió.

 

Su gesto fue

dolido por el caminar

entre yerbas y piedras

y un extenso erial.

 

Su voz se ató

al yermo del paisaje y a la sangre en flor.

Se hizo pared

allí donde los muros cayeron tras él.

Su soledad

abrió por los caminos la necesidad

que levanta a los hombres

a la libertad.

 

Caminos son

abiertos por su fuerte voz

lanzada contra cierzo y sol

y contra tantos siglos de dolor.

 

José Antonio Labordeta







miércoles, 25 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 6 Màrius Torres

 Em dolen les derrotes de Màrius Torres, vençut per la malaltia i la poesia.




Màrius Torres, metge i poeta (Lleida, 1910) Va emmalaltir de tuberculosi i va passar els set últims anys de la seva vida en el sanatori de Puig d’Olena on va morir en 1942, als 32 anys.



EL TEMPLE DE LA MORT

Com un poble d'ocells, fills de la llum eterna,
des dels pòrtics del temple d'un déu abandonat,
o cos meu, la meva ànima, sedent de claredat,
guaita enfora, a l'espai on la vida governa,

no pas dins teu, al trist recinte humit i gras
on regna, entre la fosca que glaça les palpebres,
la Mort, la immunda Mort, oferta en els altars
a un culte corromput de runes i tenebres.

La Mort - tots els camins que arriben fins a Déu
passen sota els teus arcs, o portal de misteri -.
Ah, qui pogués morir sense agonia, lleu,
cara a la sola llum, a l'esplendor aeri,

alegre, lliure, net com el vol d'un ocell,
travessant l'arc més alt a frec de capitell!



 DOLÇ ÀNGEL DE LA MORT


Dolç àngel de la Mort, si has de venir, més val
que vinguis ara.
Ara no temo gens el teu bes glacial,
i hi ha una veu que em crida en la tenebra clara
de més enllà del gual.
Dels sofriments passats tinc l’ànima madura
per ben morir.
Tot allò que he estimat únicament perdura
en el meu cor, com una despulla de l’ahir,
freda, de tan pura.
Del llim d’aquesta terra amarada de plors
el meu anhel es desarrela.
Morir deu ésser bell, com lliscar sense esforç
en una nau sense timó, ni rems, ni vela,
ni llast de records!
I tot el meu futur està sembrat de sal!
Tinc peresa de viure demà encara...
Més que el dolor sofert, el dolor que es prepara,
el dolor que m’espera em fa mal...
I gairebé donaria, per morir ara
—morir per sempre—, una ànima immortal.




 


viernes, 20 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 5 Miguel Hernández

 

Me duelen los abiertos ojos de Miguel campesinamente ausente,

penalmente silenciado.




Miguel Hernández (1910-1942) Murió en el penal de Alicante enfermo de tuberculosis y sin ayuda médica. Tenía 32 años y los ojos abiertos.




ME SOBRA EL CORAZÓN

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,

hoy estoy para penas solamente,

hoy no tengo amistad,

hoy sólo tengo ansias

de arrancarme de cuajo el corazón

y ponerlo debajo de un zapato.

Hoy reverdece aquella espina seca,

hoy es día de llantos de mi reino,

hoy descarga en mi pecho el desaliento

plomo desalentado.

No puedo con mi estrella.

Y me busco la muerte por las manos

mirando con cariño las navajas,

y recuerdo aquel hacha compañera,

y pienso en los más altos campanarios

para un salto mortal serenamente.

Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,

mi corazón escribiría una postrera carta,

una carta que llevo allí metida,

haría un tintero de mi corazón,

una fuente de sílabas, de adioses y regalos,

y ahí te quedas, al mundo le diría.

Yo nací en mala luna.

Tengo la pena de una sola pena

que vale más que toda la alegría.

Un amor me ha dejado con los brazos caídos

y no puedo tenderlos hacia más.

¿No veis mi boca qué desengañada,

qué inconformes mis ojos?

Cuanto más me contemplo más me aflijo:

cortar este dolor ¿con qué tijeras?

Ayer, mañana, hoy

padeciendo por todo

mi corazón, pecera melancólica,

penal de ruiseñores moribundos.

Me sobra corazón.

Hoy, descorazonarme,

yo el más corazonado de los hombres,

y por el más, también el más amargo.

No sé por qué, no sé por qué ni cómo

me perdono la vida cada día.


                            

A MIGUEL HERNÁNDEZ ASESINADO EN LOS PRESIDIOS DE ESPAÑA


Llegaste a mí directamente del Levante. Me traías,

pastor de cabras, tu inocencia arrugada,

la escolástica de las viejas páginas, un olor

a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado

sobre los montes, y en tu máscara

la aspereza cereal de la avena segada

y una miel que medía la tierra con tus ojos.



También el ruiseñor en tu boca traías.

Un ruiseñor manchado de naranjas, un hilo

de incorruptible canto, de fuerza deshojada.

Ay, muchacho, en la luz sobrevino la pólvora

y tú, con ruiseñor y con fusil andando

bajo la luna y bajo el sol de la batalla.



Ya sabes, hijo mío, cuánto no pude hacer, ya sabes

que para mí, de toda la poesía, tú eras el fuego azul.

Hoy sobre la tierra pongo mi rostro y te escucho,

te escucho, sangre, música, panal agonizante.



No he visto deslumbradora raza como la tuya,

ni raíces tan duras, ni mano de soldado,

ni he visto nada vivo como tu corazón

quemándose en la púrpura de mi propia bandera.



Joven eterno vives, comunero de antaño,

inundado por gérmenes de trigo y primavera,

arrugado y oscuro como el metal innato,

esperando el minuto que eleve tu armadura.


(…)

Pablo Neruda


 De «Los ríos del canto», Canto general.






martes, 17 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 4 Federico García Lorca

 

Me duele el recuerdo del más grande y más llorado, Federico sin tumba y sin descanso.


Federico García Lorca (1898-1936) fue asesinado, en la madrugada del 18 de agosto por militares golpistas. Tenía 38 años y una obra universal e ingente que se vio truncada por el odio y la barbarie.




CASIDA DEL HERIDO POR EL AGUA

Quiero bajar al pozo
quiero subir los muros de Granada
para mirar el corazón pasado
por el punzón oscuro de las aguas.

El niño herido gemía
con una corona de escarcha.
Estanques, aljibes y fuentes
levantaban al aire sus espadas.
¡Ay qué furia de amor! ¡qué hiriente filo!
¡qué nocturno rumor! ¡qué muerte blanca!,
¡qué desiertos de luz iban hundiendo
los arenales de la madrugada!
El niño estaba solo
con la ciudad dormida en la garganta.
Un surtidor que viene de los sueños
lo defiende del hambre de las algas.
El niño y su agonía, frente a frente
eran dos verdes lluvias enlazadas.
El niño se tendía por la tierra
y su agonía se curvaba.

Quiero bajar al pozo
quiero morir mi muerte a bocanadas
quiero llenar mi corazón de musgo
para ver al herido por el agua.






UNA ODA Y DIEZ ELEGÍAS

                                                   (Fragmentos)          



Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,
si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
lo haría por tu voz de naranjo enlutado
y por tu poesía que sale dando gritos.

Porque por ti pintan de azul los hospitales
y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
y se cubren de escamas los pescados nupciales,
y van volando al cielo los erizos:
por ti las sastrerías con sus negras membranas
se llenan de cucharas y de sangre
y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
y se visten de blanco.

[...]

Si pudiera de noche, perdidamente solo,
acumular olvido y sombra y humo
sobre ferrocarriles y vapores,
con un embudo negro,
mordiendo las cenizas,
lo haría por el árbol en que creces,
por los nidos de aguas doradas que reúnes,
y por la enredadera que te cubre los huesos
comunicándote el secreto de la noche.

Ciudades con olor a cebolla mojada
esperan que tú pases cantando roncamente,
y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
y además caracoles y semanas,
mástiles enrollados y cerezas
definitivamente circulan cuando asoman
tu pálida cabeza de quince ojos
y tu boca de sangre sumergida.

[...]

Para qué sirven los versos si no es para esa noche
en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,
para ese crepúsculo, para ese rincón roto
donde el golpeado corazón del hombre se dispone a morir?

[...]

Así es la vida, Federico, aquí tienes
las cosas que te puede ofrecer mi amistad
de melancólico varón varonil.
Ya sabes por ti mismo muchas cosas.
Y otras irás sabiendo lentamente.

Pablo Neruda


[...] Se le vio caminar...
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada! 

Antonio Machado


[...] 
Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve temiblemente las montañas,
un resplandor de muerte la matriz de los ríos.

Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos,
veo un bosque de ojos nunca enjutos,
avenidas de lágrimas y mantos:
y en torbellino de hojas y de vientos,
lutos tras otros lutos y otros lutos,
llantos tras otros llantos y otros llantos.

No aventarán, no arrastrarán tus huesos,
volcán de arrope, trueno de panales,
poeta entretejido, dulce, amargo,
que al calor de los besos
sentiste, entre dos largas hileras de puñales,
largo amor, muerte larga, fuego largo.

[...]

Miguel Hernández


[...] Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria
ese horror en los ojos de último fogonazo
ante la propia sangre que dobló tu memoria,
toda flor y clarísimo corazón sin balazo.

Rafael Alberti


[...] Así como en la roca nunca vemos
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire. [...]

[...] Para el poeta la muerte es la victoria;
Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
Y si una fuerza ciega
Sin comprensión de amor
Transforma por un crimen
A ti, cantor, en héroe,
Contempla en cambio, hermano,
Cómo entre la tristeza y el desdén
Un poder más magnánimo permite a tus amigos
En un rincón pudrirse libremente. [...]

Luis Cernuda


Alamedas de mi sangre
¡Alto dolor de olmos negros!
¿Qué nuevos vientos lleváis?
¿Qué murmuran vuestros ecos?
¿Qué apretáis en mi garganta
que siento el tallo del hielo
aún más frío que la muerte
estrangular mi deseo?
¿Qué agudo clamor de angustia
rueda corazón adentro,
golpe a golpe retumbando
como campana de duelo,
ahuecándome las venas,
turbando mi pensamiento,
prendiendo mis libres ojos
segando mi vista al viento?
¿Qué rumor llevan tus hojas
que todo mi cuerpo yerto
bajo sus dolientes ramas
ni duerme ni está despierto,
ni vivo ni muerto atiende
a la voz de ningún dueño,
que va como un río sin agua
andando en pie por un sueño. [...]

Emilio Prados

[...]Los míticos honderos de la fama
tiran los cantos de tu nombre al mundo
y el lago de la vida abre sus ojos
con párpados de vidrio interminables:
no hay montaña, no hay cielo, no hay llanura,
que en círculos concéntricos no agrande
el eco de tu nombre esclarecido. [...]

Manuel Altolaguirre


Mataron al ruiseñor
Tan sólo porque cantaba.
Sobre los Cármenes nuevos
está llorando Granada
mientras los puños se crispan
pidiendo pronta venganza.
En las torres de mi pueblo
doblando están las campanas.
En las ventanas moriscas
Se oyen sonar las guitarras.
Y su gemido resuenan
en el patio de la Alhambra.

Pedro Salinas


[...] Muerta estaba la noche, petrificada, lívida;
muerta la aurora, igual que un agua presa;
muerta la luz, en su ataúd de sombras;
y muertos te mataron a ti, que eras la vida
y la espiga y el árbol y la yerba y la rosa.
Viviste plenamente tu vida de poeta,
de poeta del pueblo,
y has muerto exactamente a la hora justa,
cuando tu muerte es vida para el pueblo. [...]

Pedro Garfias


De altos sueños y altas luces
encendías el ambiente
cuando a mi casa ibas
con los amigos de siempre.


Con Luis, con Pablo, con Delia,
con Rafael, con Vicente,
con Concha, Rosa y Miguel
-¡que tuvo tu misma muerte!-
(Y con Don Luis… y Don Lope…
con Tirso… y el Arcipreste…
con Calderón… y con Teresa…
con Machado… y Gil Vicente...

[...]

Tu presencia era verbena
de poesía; una fuente,
que se hacía un ancho río
y arrastraba en su corriente.


Clavel y olivo traías
de tu Andalucía fuerte
al Madrid de aquellos días
que más se animaba al verte.

Concha Méndez



Silencio, ¿dónde llevas
tu cristal empañado
de risas, de palabras
y sollozos del árbol?
¿Cómo limpias, silencio,
el rocío del canto
y las manchas sonoras
que los mares lejanos
dejan sobre la albura
serena de tu manto?
¿Quién cierra tus heridas
cuando sobre los campos
alguna vieja noria
clava su lento dardo
en tu cristal inmenso?
¿Dónde vas si al ocaso
te hieren las campanas
y quiebran tu remanso
las bandadas de coplas
y el gran rumor dorado
que cae sobre los montes
azules sollozando?
[...]


Federico García Lorca





Poetas de vida breve. 8 Tomás Morales

Me duelen las hercúleas rosas de Tomás Morales tronchadas y reunidas en su mar modernista. Tomás Morales (Moya, Gran Canaria, 1884) fue uno...