Participar en
certámenes literarios y ganar uno que otro depara alegrías, pero también
proporciona grandes pesares y no precisamente por no lograr galardón alguno.
Una entrega de premios permite conocer gente del mundillo literario, excelentes
personas que no dejan indiferentes a los ocasionales ganadores. Organizadores,
jurados, escritores... van incrementando la personal nómina de conocidos y
amistades que dejan huella indeleble en el espíritu del poeta, narrador o
teatrero que un buen día recibe una llamada notificándole la buena nueva. A
veces las noticias son malas y duele el alma al recibirlas, sobre todo tras
años de cordiales relaciones.
La primera vez que me presenté
a un certamen literario tendría entre 18 y 20 años. Era la época en que viví
solo en Valladolid, acabada la Maestría. Con la intención de estudiar una
carrera de letras y dedicarme a escribir, busqué faena y cursé COU nocturno.
Trabajé unos meses en la construcción y luego en una escuela de formación
profesional en el barrio de San Pedro Regalado. Fueron tiempos en los que
escribía bastante bebiendo de todas las fuentes a mi alcance. El certamen, como
tantos, premiaba poesía y relato. Participé en ambos. El poema debe andar en
alguna carpeta; si no recuerdo mal, comenzaba así: “¿Qué te pasa Castilla
que te vistes de gala?” y era un canto a la primavera rural y castellana.
Del relato, titulado “Ya no hay pájaros”, que habría de formar parte de
un libro de cuentos que nunca concluí, no sé si conservo esta primera versión, pero
sí algunas posteriores. Fui a la entrega de premios que tuvo lugar en el
transcurso de una comida en un restaurante del que no recuerdo el nombre, pero
sí el precio, unas 600 pesetas. Allí trabé cierta amistad con el ganador del
premio de poesía, un sacerdote castrense de la Academia de Caballería que,
tiempo después me entregó el trabajo ganador que le habían editado en una
revista. Eran varios sonetos con un tema común.

La primera vez que gané un
premio literario en metálico fue en Viladecans: el tercer premio del III
Certamen de Poesía “Antonia Pérez Alegre” que organizaba la Fundación
Espejo. De entonces data la amistad que trabé con José Luis Bravo, secretario
de la Fundación, y con su presidente, Diego Fernández. De este certamen se
realizaron cinco ediciones. Yo lo descubrí, y participé, en la segunda y, como
en Valladolid treinta años antes, no rasqué bola, pero me acerqué a observar la
entrega de premios. Como en Valladolid, resultó ganador un florilegio de
sonetos, cinco para ser exactos, del poeta madrileño Luis Blas Fernández. Tomé
buena nota y con cinco sonetos alejandrinos conquisté el tercer premio en la
siguiente edición, 500 euros, trofeo y publicación en un libro colectivo en el
que aparecían los treinta mejores poemas presentados a juicio del jurado, con
cuyo presidente, Ramón Ripoll Arcarons, coincidí después en varias ocasiones.
Probé suerte en la cuarta edición y no seleccionaron mi poema siquiera para
editarlo y por ahí anda el pobre en el limbo de la literatura que nunca fue. Lo
volví a intentar en la V. Era el año 2008 y con la crisis galopante que
vivíamos no se resolvió hasta dos años después, por falta de financiación. Me
llevé el segundo premio y le dije a Diego que buscara patrocinadores donde
fuera, que sólo me faltaba ganar el primero para sentirme plenamente realizado
como poeta. No lo consiguió y el premio desapareció del panorama literario. Años
después pusieron en marcha el Premio Constancio Zamora Vicente en el que
participé en varias ocasiones, la última en 2024 donde me llevé el gato al agua
con el poema “La vida escrita”, recogido en mi último libro Alta
esquina del aire. La tarde de la entrega y antes de la cena ofrecida por
Constancio Zamora, Diego me dijo: “No pudo ser con el Antonia Pérez,
pero ya te has llevado el premio gordo de la Fundación Espejo de Viladecans. No
has parado hasta conseguirlo.” Y nos dimos un abrazo que ya no se podrá
repetir.

La primera vez que obtuve un
primer premio, fueron dos. En 2008 gané el II Certamen Orola de Vivencias, pero
recogí antes el Federico García Lorca en el Nou Barris barcelonés pues, aunque me lo
concedieron después, la ceremonia se celebró con más celeridad. En ninguno de
los dos el galardonado se puede volver a presentar. Es curioso esto de los
premios, literarios o de cualquier otra índole, Aunque las bases tienen disposiciones
comunes que los participantes avezados dominamos, hay puntos que difieren de
unos a otros y los hacen únicos, pero esto será tema de otro golpe. Estamos
ahora con las amistades forjadas alrededor de ellos. En la entrega de Nou
Barris conocí al excelente poeta y gran amigo, José Luis García Herrera. Salvo
en los actos del V Dia Internacional de la Poesía en Segovia (2015), no he
vuelto a coincidir con él en ninguna entrega, pero sí en otras ocasiones no
menos gratificantes. En Madrid conocí a Fernando Orlando, antiguo empresario
donostiarra con inquietudes culturales y literarias que editaba en su propia
editorial, Orola, sus libros de vivencias y creó un certamen de amplia
repercusión internacional. Como ya he dicho gané la segunda edición y trabé,
entre otros, conocimiento y amistad con Félix Maraña, conocido periodista y,
últimamente, excelente poeta. En 2014 permitieron que los ganadores de años
anteriores volviéramos a participar al proponer un tema para cada edición bajo
el lema Facer Españas. Desde entonces hasta el pasado año mis textos han
aparecido en todas las antologías que se editan con los 100 mejores trabajos de
cada convocatoria y obtuve con ellos, en 2017 y 2019, el segundo y tercer
premio. Me falta el primero de esta etapa que ya no continuará.

Y esta es la pena. No que no
continúe el certamen, algo que se está debatiendo, sino que este impasse sea
debido al fallecimiento de Fernando Orlando el año pasado. Murió Fernando, como
unos años antes falleció Ramón Ripoll y siento su partida, como se lamenta la
de un amigo, un hermano mayor al que le ha llegado la hora después de una vida
larga y fructífera. Perece Diego Fernández, más joven que yo mismo, en una
fatídica caída y uno no quiere creerlo y la pena estalla. Y el último abrazo
queda fijado en el aire del recuerdo mientras la vida continúa. Viladecans, espero,
mantendrá su memoria y su legado, en la voz de los poetas que, a buen seguro, proseguirán
su labor.
Los que seguimos aquí vamos sumando
alegría y dolor en nuevos amaneceres viendo correr el agua de la mañana, como
escribió Ángel García López, poeta que nos dejó en 2024, (más pena):
Vivir, ver el regalo
de los amaneceres.
Y este correr del agua
en el lavabo, cuando
se estrena la sonrisa
con la pasta de dientes
y, alegrándote, sabes
que esa noche no has sido,
oh pobre afortunado,
el cadáver que sigue.
Sí, pobre afortunado…, uno
continúa escribiendo a la creciente sombra inmensa de los muertos, penando tanto
para morir también.