Me duele José Luis Hidalgo poniendo rostro a sus muertos
José Luis Hidalgo (Torres, Cantabria, 1919), pintor y poeta de la denominada “Quinta del 42”, quedó huérfano de padre con 9 años y murió, enfermo de neumonía, a los 27, en un sanatorio de Madrid (1947).
LOS
MUERTOS (Fragmentos)
Hoy vengo a hablarte, mar, como a mí mismo.
Como me hablo cuando estoy a solas,
cuando alejado de los tristes días
que nos contemplan desde el ojo humano
acerco el ascua tenebrosa y sola
al principio del ser, a las raíces
donde alborea, matinal y oscura
la caricia primera de la tierra.
A hablarte vengo, mar, como a mí mismo,
en esta noche mineral y lúcida
mientras la luna, desde arriba, arroja
sobre los mundos una luz calcárea
y en el bisel del horizonte hiere
su duro, lento y solitario hueso.
Hoy vengo a hablarte, porque tú, conmigo
naciste y sin cesar crecimos
cuando en la rosa del albor primero
con vesperal y fabuloso ojo
detrás de los helechos acechaba
el paso de los corzos y la sangre,
empapando la tierra, me llamaba
hacia los bosques, como el fuego ardiente
de una lejana y cegadora estrella.
En esta noche en que mi historia acaba,
en que los siglos sordamente suenan
bajo las plantas de mis pies desnudos,
bajo la tierra donde crecen árboles
y las palomas y las flores vuelan
junto a la hermosa garra de las águilas...
A ti, acudo, mar, en esta hora
porque el destierro de tu voz me llama
y en el hondón de mis entrañas siento
removerse otra agua clamorosa.
Tú solo, mar y mar, gimiendo
la soledad tremenda del que a nadie
puede decir su soledad. El mundo,
las lejanas estrellas que podían
escuchar tu dolor o presentirlo,
estaban lejos, porque Dios quería
tu sola soledad, tu dolor solo
como un terrible cántico a su gloria.
[...]
-Por debajo de mí los enterrados,
como fríos veleros, navegando
por otro mar sombrío, el de la muerte,
donde un viento, que es tierra, los empuja
hasta el confín ardiente de mi vida.
Dios no pregunta, porque Dios se basta.
La tierra calla, porque nada espera.
El mar hermoso, bajo los luceros,
y el hombre solo, bajo los planetas,
su muerte inútil, sin morir, rechazan
contra la roca ciega del futuro.
CABALLO
Caballo, siempre hijo, nieto de caballos,
padre de dulces potros engendrados en vientres
y engendradores de engendradores en un tiempo sin mí
cuando mi corazón sea un astro perdido.
Hermosa bestia dura, la antigua tierra pisas
como si el viejo Dios para ti la creara,
porque eres vida ardiente y párpado vibrante
que brillas como un látigo contra los verdes céspedes.
Se escucha en el silencio tu sangre rumorosa
como un mar armonioso que por dentro cantara
y en la noche del mundo tu relincho se eleva
como un cálido chorro que a las estrellas quema.
Como piedra instantánea paraliza tu cuerpo
un rumor de raíces que en la tierra se hunden...
¡Pero de pronto escapas!, bajo la luna roja
huyes como una lanza pisándote la sombra
que sobre la llanura se posa como un ala
mientras se enorgullece la humilde yerba fina
de tu seca pisada tan firme como el trueno.
Caballo, siempre hijo, nieto de caballos,
padre de dulces potros engendrados en vientres
y engendradores de engendradores en un tiempo sin mí
cuando mi corazón sea un astro perdido.
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¡He
nacido y he muerto tantas veces! |
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Aquí, su obra poética completa
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| José Hierro y José Luis Hidalgo |






















