martes, 17 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 4 Federico García Lorca

 

Me duele el recuerdo del más grande y más llorado, Federico sin tumba y sin descanso.


Federico García Lorca (1898-1936) fue asesinado, en la madrugada del 18 de agosto por militares golpistas. Tenía 38 años y una obra universal e ingente que se vio truncada por el odio y la barbarie.




CASIDA DEL HERIDO POR EL AGUA

Quiero bajar al pozo
quiero subir los muros de Granada
para mirar el corazón pasado
por el punzón oscuro de las aguas.

El niño herido gemía
con una corona de escarcha.
Estanques, aljibes y fuentes
levantaban al aire sus espadas.
¡Ay qué furia de amor! ¡qué hiriente filo!
¡qué nocturno rumor! ¡qué muerte blanca!,
¡qué desiertos de luz iban hundiendo
los arenales de la madrugada!
El niño estaba solo
con la ciudad dormida en la garganta.
Un surtidor que viene de los sueños
lo defiende del hambre de las algas.
El niño y su agonía, frente a frente
eran dos verdes lluvias enlazadas.
El niño se tendía por la tierra
y su agonía se curvaba.

Quiero bajar al pozo
quiero morir mi muerte a bocanadas
quiero llenar mi corazón de musgo
para ver al herido por el agua.






UNA ODA Y DIEZ ELEGÍAS

                                                   (Fragmentos)          



Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,
si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
lo haría por tu voz de naranjo enlutado
y por tu poesía que sale dando gritos.

Porque por ti pintan de azul los hospitales
y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
y se cubren de escamas los pescados nupciales,
y van volando al cielo los erizos:
por ti las sastrerías con sus negras membranas
se llenan de cucharas y de sangre
y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
y se visten de blanco.

[...]

Si pudiera de noche, perdidamente solo,
acumular olvido y sombra y humo
sobre ferrocarriles y vapores,
con un embudo negro,
mordiendo las cenizas,
lo haría por el árbol en que creces,
por los nidos de aguas doradas que reúnes,
y por la enredadera que te cubre los huesos
comunicándote el secreto de la noche.

Ciudades con olor a cebolla mojada
esperan que tú pases cantando roncamente,
y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
y además caracoles y semanas,
mástiles enrollados y cerezas
definitivamente circulan cuando asoman
tu pálida cabeza de quince ojos
y tu boca de sangre sumergida.

[...]

Para qué sirven los versos si no es para esa noche
en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,
para ese crepúsculo, para ese rincón roto
donde el golpeado corazón del hombre se dispone a morir?

[...]

Así es la vida, Federico, aquí tienes
las cosas que te puede ofrecer mi amistad
de melancólico varón varonil.
Ya sabes por ti mismo muchas cosas.
Y otras irás sabiendo lentamente.

Pablo Neruda


[...] Se le vio caminar...
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada! 

Antonio Machado


[...] 
Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve temiblemente las montañas,
un resplandor de muerte la matriz de los ríos.

Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos,
veo un bosque de ojos nunca enjutos,
avenidas de lágrimas y mantos:
y en torbellino de hojas y de vientos,
lutos tras otros lutos y otros lutos,
llantos tras otros llantos y otros llantos.

No aventarán, no arrastrarán tus huesos,
volcán de arrope, trueno de panales,
poeta entretejido, dulce, amargo,
que al calor de los besos
sentiste, entre dos largas hileras de puñales,
largo amor, muerte larga, fuego largo.

[...]

Miguel Hernández


[...] Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria
ese horror en los ojos de último fogonazo
ante la propia sangre que dobló tu memoria,
toda flor y clarísimo corazón sin balazo.

Rafael Alberti


[...] Así como en la roca nunca vemos
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire. [...]

[...] Para el poeta la muerte es la victoria;
Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
Y si una fuerza ciega
Sin comprensión de amor
Transforma por un crimen
A ti, cantor, en héroe,
Contempla en cambio, hermano,
Cómo entre la tristeza y el desdén
Un poder más magnánimo permite a tus amigos
En un rincón pudrirse libremente. [...]

Luis Cernuda


Alamedas de mi sangre
¡Alto dolor de olmos negros!
¿Qué nuevos vientos lleváis?
¿Qué murmuran vuestros ecos?
¿Qué apretáis en mi garganta
que siento el tallo del hielo
aún más frío que la muerte
estrangular mi deseo?
¿Qué agudo clamor de angustia
rueda corazón adentro,
golpe a golpe retumbando
como campana de duelo,
ahuecándome las venas,
turbando mi pensamiento,
prendiendo mis libres ojos
segando mi vista al viento?
¿Qué rumor llevan tus hojas
que todo mi cuerpo yerto
bajo sus dolientes ramas
ni duerme ni está despierto,
ni vivo ni muerto atiende
a la voz de ningún dueño,
que va como un río sin agua
andando en pie por un sueño. [...]

Emilio Prados

[...]Los míticos honderos de la fama
tiran los cantos de tu nombre al mundo
y el lago de la vida abre sus ojos
con párpados de vidrio interminables:
no hay montaña, no hay cielo, no hay llanura,
que en círculos concéntricos no agrande
el eco de tu nombre esclarecido. [...]

Manuel Altolaguirre


Mataron al ruiseñor
Tan sólo porque cantaba.
Sobre los Cármenes nuevos
está llorando Granada
mientras los puños se crispan
pidiendo pronta venganza.
En las torres de mi pueblo
doblando están las campanas.
En las ventanas moriscas
Se oyen sonar las guitarras.
Y su gemido resuenan
en el patio de la Alhambra.

Pedro Salinas


[...] Muerta estaba la noche, petrificada, lívida;
muerta la aurora, igual que un agua presa;
muerta la luz, en su ataúd de sombras;
y muertos te mataron a ti, que eras la vida
y la espiga y el árbol y la yerba y la rosa.
Viviste plenamente tu vida de poeta,
de poeta del pueblo,
y has muerto exactamente a la hora justa,
cuando tu muerte es vida para el pueblo. [...]

Pedro Garfias


De altos sueños y altas luces
encendías el ambiente
cuando a mi casa ibas
con los amigos de siempre.


Con Luis, con Pablo, con Delia,
con Rafael, con Vicente,
con Concha, Rosa y Miguel
-¡que tuvo tu misma muerte!-
(Y con Don Luis… y Don Lope…
con Tirso… y el Arcipreste…
con Calderón… y con Teresa…
con Machado… y Gil Vicente...

[...]

Tu presencia era verbena
de poesía; una fuente,
que se hacía un ancho río
y arrastraba en su corriente.


Clavel y olivo traías
de tu Andalucía fuerte
al Madrid de aquellos días
que más se animaba al verte.

Concha Méndez



Silencio, ¿dónde llevas
tu cristal empañado
de risas, de palabras
y sollozos del árbol?
¿Cómo limpias, silencio,
el rocío del canto
y las manchas sonoras
que los mares lejanos
dejan sobre la albura
serena de tu manto?
¿Quién cierra tus heridas
cuando sobre los campos
alguna vieja noria
clava su lento dardo
en tu cristal inmenso?
¿Dónde vas si al ocaso
te hieren las campanas
y quiebran tu remanso
las bandadas de coplas
y el gran rumor dorado
que cae sobre los montes
azules sollozando?
[...]


Federico García Lorca





sábado, 14 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 3 Manuel Gutiérrez Nájera

Descubrí a Gutiérrez Nájera, cuando el poema que nos sirve de guía, en su primera versión (Vidas como versos, versos como vidas) estaba concluído y decidí colocar los cuatro últimos versos de  Para entonces como cita del mismo, incorporando así, aunque de manera colateral, al poeta mexicano.


Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), escritor y periodista méxicano, máximo exponente del Modernismo en México, muere desangrado (tenía hemofilia) tras una intervención quirúrgica que acabó complicándose. Tenía 35 años.

 




PARA ENTONCES 

Quiero morir cuando decline el día,

en alta mar y con la cara al cielo,

donde parezca sueño la agonía,

y el alma, un ave que remonta el vuelo.

No escuchar los últimos instantes,

ya con el cielo y con el mar a solas,

más voces ni plegarias sollozantes

que el majestuoso tumbo de las olas.

Morir cuando la luz, triste, retira

sus áureas redes de la onda verde,

y ser como ese sol que lento expira:

algo muy luminoso que se pierde.

Morir, y joven: antes que destruya

el tiempo aleve la gentil corona;

cuando la vida dice aún: soy tuya,

aunque sepamos bien que nos traiciona.




EFÍMERAS

Idos, dulces ruiseñores.
Quedó la selva callada,
y a su ventana, entre flores,
no sale mi enamorada.

Notas, salid de puntillas;
está la niñita enferma...
Mientras duerme en mis rodillas,
dejad, ¡oh notas!, que duerma.

Luna, que en marco de plata
su rostro copiabas antes,
si hoy tu cristal lo retrata
acaso, luna, la espantes.

Al pie de su lecho queda
y aguarda a que buena esté,
coqueto escarpín de seda
que oprimes su blanco pie.

Guarda tu perfume, rosa,
guarda tus rayos, lucero,
para decir a mi hermosa,
cuando sane que la quiero.




miércoles, 11 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 2 El poema

 

En el post dedicado a Césare Pavese se menciona este poema como guía para los sucesivos. En su día apareció en el blog  De donde nace el viento y lo recojo ahora aquí tal y como aparecerá en Alta esquina del aire, mi próximo libro que verá la luz ern marzo editado por Parnass edicións.




VINO LA MUERTE Y SE INSTALÓ EN SUS OJOS

 

Morir, y joven: antes que destruya

el tiempo aleve la gentil corona;

cuando la vida dice aún: soy tuya,

aunque sepamos bien que nos traiciona.

     MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA

 

Hay vidas que se quiebran como versos

de cercenados poemas.

Las cunetas de la literatura

están llenas de cadáveres.

 

Fui joven, me lavé los ojos y las letras

en las aguas del Duero, bebí, amarillo y azul,

el aire en las lentas tardes de Castilla, descubrí,

lo confirmo ahora, que diciembre es un mes aciago

y mayo puede ser un mes triste. Marché a morir lejos,

en páginas de libros entonces ignorados.

Portaba un puñado de poemas en los bolsillos

y en las manos, toda la sed y mucho amor por descubrir.

Cumplidos los cincuenta, supe del dolor

de estar muerto y lloré a los poetas jóvenes que se fueron

como si yo también me hubiera ido.

Leí sus poemas, sus violines rotos al viento matinal.

Sentí su intensa existencia, sus quebrados pasos,

sus vidas como versos, sus poemas como sangre

en los ojos sedientos y el repentino vacío.

Fenecí, ya digo, porque murieron mis versos

o quizá nunca nacieron y mi juventud fue un sueño

y un despertar amargo de violeta nocturna.

Vuelto ahora a la vida con la esperanza intacta

y esperando a la muerte con los deberes hechos,

busco aún el verso forjado en la ceniza, airoso sobre el polvo.

Y me duelen la vida, los poemas nonatos, la obra breve,

la obra en plenitud truncada por balas asesinas, tuberculosis, cáncer,

las cárceles, el accidente fatal, la irónica existencia,

el final autoimpuesto…

 

Es bello el dolor de lo cercano quizás por ser más nuestro.

Y, aunque quiera recordar a ciertos clásicos y ciertas latitudes,

me vienen a la mente los que escriben

eternamente con las huellas que comprendo

por hermanas, me vienen a la boca los más próximos.

 

Y me duele el recuerdo del más grande y más llorado,

Federico sin tumba y sin descanso.

Me duelen los abiertos ojos de Miguel campesinamente ausente,

penalmente silenciado.

Me duelen las hercúleas rosas de Tomás Morales tronchadas y reunidas

en un ramillete marino y modernista.

Me duelen las derrotas de Marius Torres, vencido por la enfermedad y la poesía.

Me duele la falta sin fondo de Miguel Labordeta.

Me duele la locura de los Panero prefigurada por Juan y su accidente.

Aníbal Núñez diluyéndose como un verso maldito, me duele.

Me duele José Luis Hidalgo poniendo rostro a sus muertos

desde la cama de un hospital con neumonía.

Me duelen Carmen Jodra y Maria Mercè Marçal unidas

en la distancia por el cáncer, la filología clásica y otros demonios.

Me duele Juana Borrero y su última rima con sangre en vez de besos por los labios.

Me duele Eduardo Haro rindiendo al sida su último verso.

César Vallejo, muriéndose en París sin aguacero,

me duele como un cáliz carmesí.

Me duele Roque Dalton ejecutado

porque en todos los bandos hay asesinos

y al poeta no lo salva ni Dios ni Marx.

Permitidme citar doloridamente a los bardos soldados

de otros tiempos y soslayada muerte, Garcilaso y Manrique...

y recordar a los derrotados que descubrí en otro idioma nuestro

nutriendo una antología de poetas muertos a una edad nada provecta

—Héctor, Andrea, Ismael, Anna, Toni, Àlex—,

cada cual con su trágica muerte y su circunstancia a cuestas.

Perdonadme los olvidos y las limitaciones

de todo polvo que aspira a ser de viento. Perdonadme el dolor.

 

Me duelen los poemas inacabados y los jóvenes poetas suicidas:

Gabriel Ferrater que no quiso cumplir los cincuenta,

Pedro Casariego, mordido por un tren en Aravaca,

José Asunción Silva con el corazón dibujado en el pecho,

Ángel Ganivet y su persistencia en las heladas aguas de Riga,

Alfonsina, leyenda ya del Mar del Plata,

y Alejandra, Norma Jean de la poesía,

el Rimbaud canario, Félix Francisco Casanova,

Eduardo Hervás que descubrió en el gas

la poesía de los fluidos y la eternidad de la materia,

Javier Egea definitivamente imbuido de otra sentimentalidad

y Pablo del Águila jugando a la margarita rusa

de la duda permanente: ¿accidente o suicidio?...

 

Me duelen tantos otros que dejaron vacíos

de negro manual a una edad tan prematura

y no pueden estar aquí y parece que no hayan existido.

Me afligen los abatidos tempranamente

y los versos que nunca escribieron lloran en las madrugadas de óxido

fantasmales ausencias que dejan en los ojos un recuerdo de nieblas.

En tardes de pandemia rastreé sus pasos, la huella peregrina,

el hueco de la nada, la imagen, la memoria, el poema quebrado.

Poetas de vida breve y obra inconmensurable se fueron

por el tiempo y sus arenas, memoria de ceniza, lluvia de olvido,

nombres que se evaporan por la rima sonora de la aurora…

Alguno ni siquiera llegó a escribir el verso

soñado en la trinchera del lecho y de la ausencia,

otros eran ya una estrofa de luz en cada esquina.

 

Me duelen los poetas y todas sus muertes como duelen

las nubes que son lluvia o son poema.

Me duele la edad tronchada, las vidas traicionadas,

los ojos con la hondura final de quienes amaron tanto.

 

                                                      Secretamente quisiera haber muerto como ellos.


Poema ganador XXI Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma y Alba, Nava de la Asunción (Segovia), 2024





martes, 10 de febrero de 2026

Poetas de vida breve.1 Césare Pavese

 

Jorge Manrique comparaba nuestra vida con los ríos. No todos los ríos son largos y caudalosos, al contrario, muchos son de corto discurrir y escasa agua. Pero aún éstos pueden alimentar a otros y contribuir a aumentar su caudal. Quiero, en el viaje que comienza hoy, recordar algunos ríos que no son corrientes menores, ni mucho menos: poetas de recorrido breve y selecto bagaje que dejaron huella permanente, bien que algunos sean más conocidos que otros. Ninguno de los autores elegidos llegó a cumplir los cincuenta años. No es una nómina exhaustiva: al igual que en una antología nunca están todos los que debieran, aquí caben aquellos que se citan en el poema Vino la muerte y se instasló en sus ojos [XXI Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma y Alba de Nava de la Asunción (Segovia)], título que quiere recordar a un poeta que murió joven: Césare Pavese y rendir homenaje a poetas que abandonaron aquel cuerpo que les fue dado y que, en versos de Luis Felipe Comendador, “verlo morir es bello, como sentirlo vivo”. Recordaremos esos hermosos cuerpos, esas edades truncadas, esos poetas que nos legaron versos como vidas en su corta existencia. Unos son más conocidos que otros, algunos completamente extraños, todos tienen versos memorables, todos merecen un espacio que les salve del olvido. Porque nada hay más breve que lo eterno, según José Viñals. Y en un verso cabe todo un universo.

No abundaré en la biografía de los poetas. Que quien esté interesado, si no lo conoce, busque información y bucee en la obra de cada cual.

"El vicio absurdo", como lo llamaba Césare Pavese, el suicidio, tendrá cabida en estos golpes.



 Césare Pavese (1908-1950)

En Turín el domingo 27 de agosto de 1950 en la habitación número 47 del hotel Roma Pavese ingiere 16 envases de somnífero y muere. En menos de un mes iba a cumplir 42 años.


“De costumbres austeras y esquivas, Cesare Pavese nunca tuvo mujer, ni hijos, ni casa. Su vida trascurría entre un cuarto en la casa de su hermana casada y la oficina. Su literatura –no apta para frívolos ni indiferentes- está plagada de referencias a la soledad, la familia, el sexo, la mala suerte, el amor, lo desconocido y, sobre todo, la muerteAgobiado por la depresión y el desengaño, el 27 de agosto de 1950 se suicida tomando diez dosis de somnífero en un hotel de Turín. El 16 escribió: ‘Un clavo saca a otro clavo, pero cuatro clavos hacen una cruz’ y ‘mi obra pública está acabada en lo que me es posible. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido la pena de muchos’. El 17 escribió: ‘No deseo nada más en esta tierra. Este es el balance del año no acabado, que no acabaré’. El 18 acaba: ‘No escribiré más’. Y en el cajón de esa habitación encontrarán un poema: ‘Vendrá la muerte y tendrá tus ojos’. Los de ella. No tenía nada más que decir, ni a ella –porque no respondía– ni a nadie más. Excepto a nosotros.”      (Inma J. Ferrero, Poeta, libretista, crítico literario, directora y fundadora de la revista cultural Proverso)



VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o.un vicio absurdo.— Tus ojos
serán una palabra hueca,
un grito ahogado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando a solas te inclinas
hacia el espejo. Oh querida esperanza,
ese día también sabremos
que eres la vida y la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como mirar en el espejo
asomarse un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Nos hundiremos en el remolino, mudos.


 

Luis Felipe Comendador en Paraísos del suicida (6é Prtemi Tardor de Poesia) escribe este poema:

CÉSARE PAVESE HACE UNA CRUZ CON CUATRO CLAVOS

 

El odio recogido

de todos los combates

se amontona en mi cuerpo

y me impide moverme.

 

Ya no da para más

este envase de vísceras,

ya no admite ni un ápice

del horror de los días,

está colmado, a punto

de estallar cuajarones

de la sangre venosa

que lo infecta y oprime.

 

No admite lo común,

ni siquiera la duda

de un gesto hermafrodita,

no está para más treguas

ni para hacer tratados

de paz claudicatorios.

 

Sólo pide la muerte

urgente y necesaria

para dejar de ser

la peste de sí mismo.

 

Cuatro clavos en cruz

resuelven el misterio

habitando al unísono

un único agujero.






domingo, 9 de noviembre de 2025

III Premio Internacional "José García Caneiro"

 








DESDE EL SILENCIO CIEGO

 

 

                                decidme cómo se escribe un poema,

                                un poema que hable de las cosas

                                que importan, que respire,       

                                  ANTONIO DEL CAMINO GIL

                                                                                                      

 

Cuántas veces, solo y con el corazón en los ojos,

me bajaba hasta el Duero por escuchar       

su voz profunda y sombría, enorme y lenta

—Federico, como la voz de los bueyes—,

su voz de Soria y tierra— no sabía,

Antonio, que era la tuya—, por escuchar

las aguas que iban, como un don,

Tormes entrante, a recoger —no lo sabía— la voz de Claudio,

que iban —ya lo intuía— preñadas de versos

al mar de los olvidos numinosos.

 

Ahora, con el río crecido y el agua

remansada en los troncos caídos

que el tiempo y la negligencia derribaron,

ahora, en este silencio enorme

de olvido y abandono, poetas que oteáis

desde un altozano de polvo, habladme

en el último crepúsculo, decidme

la palabra que busco o la radiante

calma tras la tormenta, dadme

el nombre exacto, sean

mis labios vuestros cuando la sombra

crece buscando la noche. Decidme

el amor, el roce escrito en el borde

fugaz de un claro instante. Dadme el aire. Insuflad

la sed que saciará la etérea inmortalidad

de un beso. Susurrad el secreto

de la hoja que cae nuevamente y del agua

que conoce los nombres del viento y de los álamos. Dadme

vida desde el sosiego yerto de las cosas que amasteis.        

Sean mi mundo y mi palabra brasas

que los versos propician, y aire o soplo

vuestros silentes pasos para vivificar el fuego

de la noche sin electricidad y sin sueño.

 

Poned ante mis ojos el poema que hable de las cosas

que importan como hablan el río y el viento

de la tarde que los torsos orea, dadme

la mirada luminosa y oscura de los siglos

para contemplar las nubes, las aves

y los pueblos, su milenaria lengua,

sus alas derrotadas, su lluvia de esperanza…

 

Dadme la palabra donde respire

vuestro silencio ciego.

Y sea el Poema.




Poetas de vida breve. 4 Federico García Lorca

  Me duele el recuerdo del más grande y más llorado,  Federico sin tumba y sin descanso. Federico García Lorca (1898-1936) fue asesinado, ...