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domingo, 29 de marzo de 2026

DE ALEGRÍAS Y PENAS (PREMIOS Y PARTIDAS)

 

Participar en certámenes literarios y ganar uno que otro depara alegrías, pero también proporciona grandes pesares y no precisamente por no lograr galardón alguno. Una entrega de premios permite conocer gente del mundillo literario, excelentes personas que no dejan indiferentes a los ocasionales ganadores. Organizadores, jurados, escritores... van incrementando la personal nómina de conocidos y amistades que dejan huella indeleble en el espíritu del poeta, narrador o teatrero que un buen día recibe una llamada notificándole la buena nueva. A veces las noticias son malas y duele el alma al recibirlas, sobre todo tras años de cordiales relaciones.

La primera vez que me presenté a un certamen literario tendría entre 18 y 20 años. Era la época en que viví solo en Valladolid, acabada la Maestría. Con la intención de estudiar una carrera de letras y dedicarme a escribir, busqué faena y cursé COU nocturno. Trabajé unos meses en la construcción y luego en una escuela de formación profesional en el barrio de San Pedro Regalado. Fueron tiempos en los que escribía bastante bebiendo de todas las fuentes a mi alcance. El certamen, como tantos, premiaba poesía y relato. Participé en ambos. El poema debe andar en alguna carpeta; si no recuerdo mal, comenzaba así: “¿Qué te pasa Castilla que te vistes de gala?” y era un canto a la primavera rural y castellana. Del relato, titulado “Ya no hay pájaros”, que habría de formar parte de un libro de cuentos que nunca concluí, no sé si conservo esta primera versión, pero sí algunas posteriores. Fui a la entrega de premios que tuvo lugar en el transcurso de una comida en un restaurante del que no recuerdo el nombre, pero sí el precio, unas 600 pesetas. Allí trabé cierta amistad con el ganador del premio de poesía, un sacerdote castrense de la Academia de Caballería que, tiempo después me entregó el trabajo ganador que le habían editado en una revista. Eran varios sonetos con un tema común. 


La primera vez que gané un premio literario en metálico fue en Viladecans: el tercer premio del III Certamen de Poesía “Antonia Pérez Alegre” que organizaba la Fundación Espejo. De entonces data la amistad que trabé con José Luis Bravo, secretario de la Fundación, y con su presidente, Diego Fernández. De este certamen se realizaron cinco ediciones. Yo lo descubrí, y participé, en la segunda y, como en Valladolid treinta años antes, no rasqué bola, pero me acerqué a observar la entrega de premios. Como en Valladolid, resultó ganador un florilegio de sonetos, cinco para ser exactos, del poeta madrileño Luis Blas Fernández. Tomé buena nota y con cinco sonetos alejandrinos conquisté el tercer premio en la siguiente edición, 500 euros, trofeo y publicación en un libro colectivo en el que aparecían los treinta mejores poemas presentados a juicio del jurado, con cuyo presidente, Ramón Ripoll Arcarons, coincidí después en varias ocasiones. Probé suerte en la cuarta edición y no seleccionaron mi poema siquiera para editarlo y por ahí anda el pobre en el limbo de la literatura que nunca fue. Lo volví a intentar en la V. Era el año 2008 y con la crisis galopante que vivíamos no se resolvió hasta dos años después, por falta de financiación. Me llevé el segundo premio y le dije a Diego que buscara patrocinadores donde fuera, que sólo me faltaba ganar el primero para sentirme plenamente realizado como poeta. No lo consiguió y el premio desapareció del panorama literario. Años después pusieron en marcha el Premio Constancio Zamora Vicente en el que participé en varias ocasiones, la última en 2024 donde me llevé el gato al agua con el poema “La vida escrita”, recogido en mi último libro Alta esquina del aire. La tarde de la entrega y antes de la cena ofrecida por Constancio Zamora, Diego me dijo: “No pudo ser con el Antonia Pérez, pero ya te has llevado el premio gordo de la Fundación Espejo de Viladecans. No has parado hasta conseguirlo.” Y nos dimos un abrazo que ya no se podrá repetir.


La primera vez que obtuve un primer premio, fueron dos. En 2008 gané el II Certamen Orola de Vivencias, pero recogí antes el Federico García Lorca en el Nou Barris barcelonés pues, aunque me lo concedieron después, la ceremonia se celebró con más celeridad. En ninguno de los dos el galardonado se puede volver a presentar. Es curioso esto de los premios, literarios o de cualquier otra índole, Aunque las bases tienen disposiciones comunes que los participantes avezados dominamos, hay puntos que difieren de unos a otros y los hacen únicos, pero esto será tema de otro golpe. Estamos ahora con las amistades forjadas alrededor de ellos. En la entrega de Nou Barris conocí al excelente poeta y gran amigo, José Luis García Herrera. Salvo en los actos del V Dia Internacional de la Poesía en Segovia (2015), no he vuelto a coincidir con él en ninguna entrega, pero sí en otras ocasiones no menos gratificantes. En Madrid conocí a Fernando Orlando, antiguo empresario donostiarra con inquietudes culturales y literarias que editaba en su propia editorial, Orola, sus libros de vivencias y creó un certamen de amplia repercusión internacional. Como ya he dicho gané la segunda edición y trabé, entre otros, conocimiento y amistad con Félix Maraña, conocido periodista y, últimamente, excelente poeta. En 2014 permitieron que los ganadores de años anteriores volviéramos a participar al proponer un tema para cada edición bajo el lema Facer Españas. Desde entonces hasta el pasado año mis textos han aparecido en todas las antologías que se editan con los 100 mejores trabajos de cada convocatoria y obtuve con ellos, en 2017 y 2019, el segundo y tercer premio. Me falta el primero de esta etapa que ya no continuará.

Y esta es la pena. No que no continúe el certamen, algo que se está debatiendo, sino que este impasse sea debido al fallecimiento de Fernando Orlando el año pasado. Murió Fernando, como unos años antes falleció Ramón Ripoll y siento su partida, como se lamenta la de un amigo, un hermano mayor al que le ha llegado la hora después de una vida larga y fructífera. Perece Diego Fernández, más joven que yo mismo, en una fatídica caída y uno no quiere creerlo y la pena estalla. Y el último abrazo queda fijado en el aire del recuerdo mientras la vida continúa. Viladecans, espero, mantendrá su memoria y su legado, en la voz de los poetas que, a buen seguro, proseguirán su labor.


Los que seguimos aquí vamos sumando alegría y dolor en nuevos amaneceres viendo correr el agua de la mañana, como escribió Ángel García López, poeta que nos dejó en 2024, (más pena):

Vivir, ver el regalo

de los amaneceres.

Y este correr del agua

en el lavabo, cuando

se estrena la sonrisa

con la pasta de dientes

y, alegrándote, sabes

que esa noche no has sido,

oh pobre afortunado,

el cadáver que sigue.

Sí, pobre afortunado…, uno continúa escribiendo a la creciente sombra inmensa de los muertos, penando tanto para morir también.

DE ALEGRÍAS Y PENAS (PREMIOS Y PARTIDAS)

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