
Tras los atentados de Hamas en territorio
israelí y la desmesurada respuesta judía sobre Gaza se ha desatado en las redes
una lluvia de información intentando explicar el conflicto desde un punto de
vista histórico, una especie de master class exprés para desinformados
o, más bien, incultos ciudadanos del mundo occidental. Nuestra prensa, atenta como
siempre a su público borreguil, da informaciones sesgadas, y la derechoni
(en esto ha quedado la derechona de Umbral) culpa al gobierno
del conflicto, o poco menos. La gente de a pie discute sobre quienes son los
buenos y los malos, según las noticias que, a tenor de sus inclinaciones
ideológicas, llegan a su móvil. En este clima enrarecido que estamos viviendo
en nuestro país, de bandos enfrentados, posturas irreconciliables, ambiente de
aficiones acérrimas y prebelicismo incivil, Carlos Francino pone una
nota de sensatez y buen periodismo en La Ventana, porque aquí, como en
todas partes, siempre pierden los mismos. Sentado que los crueles actos de los
sicarios de Hamás son terrorismo sin paliativos, hay que decir que la réplica del
gobierno israelita es desproporcionada, injusta y genocida.
A tenor de estos hechos he rebuscado entre el
polvo de los años un par de poemas con que en 2014 participaba en una revista y
un colectivo que pretendía visibilizar la causa palestina. El primero, con Federico
al fondo, lo leí en la sede de CCOO de Via Layetana, en un recital
coloquio que allí tuvo lugar por las mismas fechas e idénticos motivos. Tal
como estaban, os los ofrezco ahora. Podría haberlos escrito hoy.
GACELA DEL NIÑO
PALESTINO
todas las tardes se
muere un niño
FGL
Todos los días en la Franja,
todos los días muere un niño.
De tan azul es el cielo una mortaja de nieve.
En el pecho del aire brota un fuego de siemprevivas,
un fuego antiguo que viene devorando la mañana.
Fusiles contra la jaima levanta el viento de arena.
Bajo palmeras de sangre el odio germina y crece.
La luna se apaga y gime en la noche desolada
falsamente iluminada por estrellas y misiles.
El llanto se ahoga en el mar
encarcelado en orillas de sangre y sal.
Todos los días en Gaza muere un niño.
Agonizantes soles no desnudarán las noches de nacaradas
mejillas
ni quemarán con sus rayos los helechos de la tarde.
Ataúdes de números, pizarras de luto, desfilan bajo las
bombas.
Novia sin esponsales, la tierra luce vestido de claveles
degollados.
Un velo de sinagogas va rasgando las mezquitas.
La historia de Palestina tienen las dunas grabada,
patria del viento, dominio de alacranes homicidas.
La piedra que se lamenta cubre cimientos de oro
y se alimenta de sangre, y se alimenta de tierra.
En Cisjordania muere un niño cada día.
Manos desnudas claman por el vacío del aire.
Los niños muertos se agolpan con los ojos a poniente.
Las cordilleras lejanas son gargantas desatadas.
Déjame, niño, que llore por la paz que no tuviste.
Déjame, niño, que grite tu vehemente silencio
porque no hay éxodos ni genocidios que justifiquen tu
muerte.
DISPARA AL ÁRABE
Mira, hermano, hijo de la misma tierra que profanas con el
fuego de tu ira,
con el fuego del dios que a sal y fuego conquistó las almas
de tus antepasados,
mira, mira mi sangre derramada, mis piernas destrozadas,
desde tu templo altivo contempla las ruinas de mis ciudades,
los cascotes que lanzo al viento inmisericorde de la
opresión y el odio,
mis rebaños sin pastos y apenas leche para alimentarnos,
mis campos rodeados de oscura arena y muerte,
inundados de sed y de abandono,
mira las gentes tras el muro de hormigón paseando
del brazo de la vida como si nada pasara,
los niños sin juguetes y la esperanza intacta,
mira las barcas como cadáveres meciéndose
en ese mar en calma que me niegas,
ese mar milagroso que pone en las arenas doradas de la tarde
su maná prodigioso de peces boca arriba,
mira, mira las risas, mira la vida, la fe que no nos
arrebatas.
Mira, hermano, soy árabe.
Dispara, dispara al árabe.
Yo seguiré saltando entre los muros derruidos de mi patria,
saltaré riendo entre las avispas de fuego que nos envías,
riendo, viviendo entre la sangre que brota
como una ofrenda vana de los jóvenes pechos.
No pasa nada. Dispara, dispara al árabe.
Tú morirás conmigo, hermano, hijo de la misma tierra.
(Imagen: El Confidencial)