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miércoles, 11 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 2 El poema

 

En el post dedicado a Césare Pavese se menciona este poema como guía para los sucesivos. En su día apareció en el blog  De donde nace el viento y lo recojo ahora aquí tal y como aparecerá en Alta esquina del aire, mi próximo libro que verá la luz ern marzo editado por Parnass edicións.




VINO LA MUERTE Y SE INSTALÓ EN SUS OJOS

 

Morir, y joven: antes que destruya

el tiempo aleve la gentil corona;

cuando la vida dice aún: soy tuya,

aunque sepamos bien que nos traiciona.

     MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA

 

Hay vidas que se quiebran como versos

de cercenados poemas.

Las cunetas de la literatura

están llenas de cadáveres.

 

Fui joven, me lavé los ojos y las letras

en las aguas del Duero, bebí, amarillo y azul,

el aire en las lentas tardes de Castilla, descubrí,

lo confirmo ahora, que diciembre es un mes aciago

y mayo puede ser un mes triste. Marché a morir lejos,

en páginas de libros entonces ignorados.

Portaba un puñado de poemas en los bolsillos

y en las manos, toda la sed y mucho amor por descubrir.

Cumplidos los cincuenta, supe del dolor

de estar muerto y lloré a los poetas jóvenes que se fueron

como si yo también me hubiera ido.

Leí sus poemas, sus violines rotos al viento matinal.

Sentí su intensa existencia, sus quebrados pasos,

sus vidas como versos, sus poemas como sangre

en los ojos sedientos y el repentino vacío.

Fenecí, ya digo, porque murieron mis versos

o quizá nunca nacieron y mi juventud fue un sueño

y un despertar amargo de violeta nocturna.

Vuelto ahora a la vida con la esperanza intacta

y esperando a la muerte con los deberes hechos,

busco aún el verso forjado en la ceniza, airoso sobre el polvo.

Y me duelen la vida, los poemas nonatos, la obra breve,

la obra en plenitud truncada por balas asesinas, tuberculosis, cáncer,

las cárceles, el accidente fatal, la irónica existencia,

el final autoimpuesto…

 

Es bello el dolor de lo cercano quizás por ser más nuestro.

Y, aunque quiera recordar a ciertos clásicos y ciertas latitudes,

me vienen a la mente los que escriben

eternamente con las huellas que comprendo

por hermanas, me vienen a la boca los más próximos.

 

Y me duele el recuerdo del más grande y más llorado,

Federico sin tumba y sin descanso.

Me duelen los abiertos ojos de Miguel campesinamente ausente,

penalmente silenciado.

Me duelen las hercúleas rosas de Tomás Morales tronchadas y reunidas

en un ramillete marino y modernista.

Me duelen las derrotas de Marius Torres, vencido por la enfermedad y la poesía.

Me duele la falta sin fondo de Miguel Labordeta.

Me duele la locura de los Panero prefigurada por Juan y su accidente.

Aníbal Núñez diluyéndose como un verso maldito, me duele.

Me duele José Luis Hidalgo poniendo rostro a sus muertos

desde la cama de un hospital con neumonía.

Me duelen Carmen Jodra y Maria Mercè Marçal unidas

en la distancia por el cáncer, la filología clásica y otros demonios.

Me duele Juana Borrero y su última rima con sangre en vez de besos por los labios.

Me duele Eduardo Haro rindiendo al sida su último verso.

César Vallejo, muriéndose en París sin aguacero,

me duele como un cáliz carmesí.

Me duele Roque Dalton ejecutado

porque en todos los bandos hay asesinos

y al poeta no lo salva ni Dios ni Marx.

Permitidme citar doloridamente a los bardos soldados

de otros tiempos y soslayada muerte, Garcilaso y Manrique...

y recordar a los derrotados que descubrí en otro idioma nuestro

nutriendo una antología de poetas muertos a una edad nada provecta

—Héctor, Andrea, Ismael, Anna, Toni, Àlex—,

cada cual con su trágica muerte y su circunstancia a cuestas.

Perdonadme los olvidos y las limitaciones

de todo polvo que aspira a ser de viento. Perdonadme el dolor.

 

Me duelen los poemas inacabados y los jóvenes poetas suicidas:

Gabriel Ferrater que no quiso cumplir los cincuenta,

Pedro Casariego, mordido por un tren en Aravaca,

José Asunción Silva con el corazón dibujado en el pecho,

Ángel Ganivet y su persistencia en las heladas aguas de Riga,

Alfonsina, leyenda ya del Mar del Plata,

y Alejandra, Norma Jean de la poesía,

el Rimbaud canario, Félix Francisco Casanova,

Eduardo Hervás que descubrió en el gas

la poesía de los fluidos y la eternidad de la materia,

Javier Egea definitivamente imbuido de otra sentimentalidad

y Pablo del Águila jugando a la margarita rusa

de la duda permanente: ¿accidente o suicidio?...

 

Me duelen tantos otros que dejaron vacíos

de negro manual a una edad tan prematura

y no pueden estar aquí y parece que no hayan existido.

Me afligen los abatidos tempranamente

y los versos que nunca escribieron lloran en las madrugadas de óxido

fantasmales ausencias que dejan en los ojos un recuerdo de nieblas.

En tardes de pandemia rastreé sus pasos, la huella peregrina,

el hueco de la nada, la imagen, la memoria, el poema quebrado.

Poetas de vida breve y obra inconmensurable se fueron

por el tiempo y sus arenas, memoria de ceniza, lluvia de olvido,

nombres que se evaporan por la rima sonora de la aurora…

Alguno ni siquiera llegó a escribir el verso

soñado en la trinchera del lecho y de la ausencia,

otros eran ya una estrofa de luz en cada esquina.

 

Me duelen los poetas y todas sus muertes como duelen

las nubes que son lluvia o son poema.

Me duele la edad tronchada, las vidas traicionadas,

los ojos con la hondura final de quienes amaron tanto.

 

                                                      Secretamente quisiera haber muerto como ellos.


Poema ganador XXI Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma y Alba, Nava de la Asunción (Segovia), 2024





domingo, 9 de noviembre de 2025

III Premio Internacional "José García Caneiro"

 








DESDE EL SILENCIO CIEGO

 

 

                                decidme cómo se escribe un poema,

                                un poema que hable de las cosas

                                que importan, que respire,       

                                  ANTONIO DEL CAMINO GIL

                                                                                                      

 

Cuántas veces, solo y con el corazón en los ojos,

me bajaba hasta el Duero por escuchar       

su voz profunda y sombría, enorme y lenta

—Federico, como la voz de los bueyes—,

su voz de Soria y tierra— no sabía,

Antonio, que era la tuya—, por escuchar

las aguas que iban, como un don,

Tormes entrante, a recoger —no lo sabía— la voz de Claudio,

que iban —ya lo intuía— preñadas de versos

al mar de los olvidos numinosos.

 

Ahora, con el río crecido y el agua

remansada en los troncos caídos

que el tiempo y la negligencia derribaron,

ahora, en este silencio enorme

de olvido y abandono, poetas que oteáis

desde un altozano de polvo, habladme

en el último crepúsculo, decidme

la palabra que busco o la radiante

calma tras la tormenta, dadme

el nombre exacto, sean

mis labios vuestros cuando la sombra

crece buscando la noche. Decidme

el amor, el roce escrito en el borde

fugaz de un claro instante. Dadme el aire. Insuflad

la sed que saciará la etérea inmortalidad

de un beso. Susurrad el secreto

de la hoja que cae nuevamente y del agua

que conoce los nombres del viento y de los álamos. Dadme

vida desde el sosiego yerto de las cosas que amasteis.        

Sean mi mundo y mi palabra brasas

que los versos propician, y aire o soplo

vuestros silentes pasos para vivificar el fuego

de la noche sin electricidad y sin sueño.

 

Poned ante mis ojos el poema que hable de las cosas

que importan como hablan el río y el viento

de la tarde que los torsos orea, dadme

la mirada luminosa y oscura de los siglos

para contemplar las nubes, las aves

y los pueblos, su milenaria lengua,

sus alas derrotadas, su lluvia de esperanza…

 

Dadme la palabra donde respire

vuestro silencio ciego.

Y sea el Poema.




jueves, 30 de octubre de 2025

II certamen nacional de poesía Habla

 


LA CASA JUNTO AL ARROYO

 

 

He regresado hoy

recobrando paisajes

a la casa perdida

en el filo del tiempo.

                                                               RAMÓN GARCÍA MATEOS

                                                                 

 

Poetas bajo la lluvia. Urueña



(Arroyo)

                                                                                     

Traslúcida y fría, como

               cristalino acero, el agua

del arroyo por detrás de las casas,

cascabel sinuoso, lamía

los tapiales y la cal de las sábanas.

 

Venía de la remolacha y el trigo,

               el pinar rumoroso y los alcores de nubes.

Cruzaba bajo la sombra de los puentes

—carreteras, caminos, la vía y un revuelo de golondrinas—.         

Los niños de entonces hollábamos

descalzos las ovas de seda

               buscando cangrejos y tesoros;

eran nuestros brazos tajamares de carne.

Conformábamos sueños a navaja,

en astilleros de sol y de quimera

construíamos barcos,

               casco de roña, velamen de entusiasmo,

para navegar la corriente fría,

cortante —ya dije—, rápida, acerada.

Corríamos luego junto al cauce,

nos deteníamos a veces

               oteando un momento desde una alcarria

el lejano origen del mundo,

descendíamos paralelos al agua —arroyos también

de pantalón corto— hasta llegar al río.

Allí acababa el viaje, se iniciaban los sueños.

               El padre Duero pedía más caudal,

más barcos construidos con papel

y corteza de pinos. Mirábamos las naves

zozobrar o perderse en las aguas enormes,

sentíamos el río como un latido vivo.

 

               Volvíamos a casa soñándonos marinos.        

 

Con el poeta Francisco Javier Hernández Baruque
 


(Desván)           

 

Era el desván reino de fantasía.

Edén de pámpanos colgando de las vigas.

Arcones llenos de recuerdos que iba haciendo míos.

Y el estuche de la dulzaina sin la dulzaina con que mi tío abuelo

               alegraba las fiestas.

Encinas, el dulzainero —¿nunca oíste hablar de él?—

ensayaba su célebre corrido.

El aire seguía el compás bajo las tejas.

El aire, años después, por la abierta tronera

               llevaba el compás del silencio brotado

de la caja azul de la dulzaina donde guardaba cromos

y santos en los lentos veranos de mi infancia.

El estuche, la caja, sin recuerdos, ataúd de la memoria,

una memoria anterior a la mía. Ritmos, músicas, vidas

               de las que nadie me habló y pueblan mis mutismos.

 

Era el desván, las golfas, el sobrado, mi reino.

Allá subía de madrugada, con los primeros cantos

de las aves del día y el eco apagado de los gallos.  

O en las tardes de otoño cuando la tormenta acechaba

               en el horizonte con un relampagueo de aceros

en el aire cargado de ozono y de conquistas.

Allá me tumbaba mirando al techo, las telarañas

del techo, la exigua cosecha de moscatel colgando de las vigas

o aquella golondrina alocada y confusa

               buscando una salida al viento libre de los aleros.

Allá cerraba los ojos cuando el silencio lo inundaba todo

e imaginaba el mundo anterior a mí,

el mundo sin mi presencia.

Todo negror, porque quien imaginaba el mundo no podía verlo.

               Así era y así será después, cuando me vaya, pensaba.

Cogía entonces el estuche de la dulzaina pleno de sueños

y bajaba corriendo al portal para ordenar los cromos,

una vez más, sobre el frío tangible de las baldosas.      

 

En el desván quedaban los sueños, los fantasmas,

               las resecas osamentas de los sarmientos,

los cadáveres de un vuelo sin retorno

y sin posible salida al aire, al sol, a la vida,

la oscuridad de los nonatos

y el terrible silencio de la dulzaina,

               sin cuerpo ya y sin memoria.

 

Era el desván, también, ahora lo sé, un mundo ajeno.

Un orbe por descubrir

en las noches sin luna

cuando iluminan los muertos su propio desamparo.     

 

               Allí, allí aún aguardo oír mis propios pasos.                 

Oír mi propia voz perdida,

las palabras como cromos, ordenadas

en el estuche azul de la memoria.

               No son nada y lo son todo.

Son el mundo del silencio,

acordes sin sonido, instrumento sin cuerpo

que en el recuerdo vibra y pasa

por la pantalla blanca del tiempo fugitivo.      

 

Con la poeta Esperanza Párraga Granados
 

(La casa)

 

No está la casa ahora. Es un pequeño

vacío inmenso cerrado a cal y canto,

abierto a los recuerdos de almendro florecido

               en la tarde infantil de adobe y de ceniza.

Presiento tras el muro que preserva la calle 

de fantasmas y sueños, el eco de mis pasos,

la oscuridad total de las noches sin luna

y las letras caídas que arrinconó el viento

               en el ángulo oscuro de la estancia silente.

Gimen sin pozo claro las palabras ahogadas

que segara el estío y no alzaron el vuelo.

Golondrinas erráticas ya no encuentran aleros

donde dejar sus sueños de barro y de esperanza.

El arroyo es un cauce seco sin sueño y sin mañana

y el desván un grito ahogado en el vacío.


2º Premio II Certamen de Poesía Habla, Valladolid, 2025

 




Diversos momentos de la entrega de premios y cena posterior

Obsequios






Poetas de vida breve. 9 Juan Panero

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