Me duele Pablo del Águila jugando
a la margarita rusa de la duda permanente:
¿accidente o suicidio?...
Pablo del Águila (Granada, 1946-1968) fue un poeta que, a pesar de no publicar nada durante su breve vida, dejó una huella profunda entre sus contemporáneos granadinos. Murió –parece que por propia voluntad– cuando tenía 22 años
Cuando muera
Cuando muera
que nadie me recuerde cantándole a otros mundos mi cantar.
Mi canto es de este
mundo
Que todos me recuerden cantándole a la mar.
Mi cuerpo es de esta tierra
y en la tierra lo dejo eternamente vivo para amar.
Cuando muera
que mis huesos descansen junto al mar,
que las inmensas olas me recubran
y conmigo retornen a empezar.
Que mis ojos, los ojos de los peces y las piedras
se pierdan en el fondo de la mar.
Que los ríos, los hombres y los niños
tropiecen con mi muerte al caminar.
Cuando muera
no quiero otros honores ni otra paz.
Quiero seguir viviendo en cada aliento,
en las bocas que se abren al besar.
Quiero seguir viviendo en cada soplo
amando cada cosa sin cesar.
Que mis besos
los besos que no he dado
encuentren muchos cuerpos al pasar.
Cuando muera
que mis brazos se ciñan a una roca para seguir cantando hasta el final.
Que mis huesos, los huesos de los vivos
y los muertos, se hagan tierra en el fondo de la mar.
De: Resonando en la
tierra, 1966.
Recogido en: En soledad amor, silencio y muerte- Poesía reunida (1964-1968)
Regresar a mi vida,
a mis costumbres,
a la inquieta certeza de mi nombre.
Me llamo Pablo. A secas.
Tengo dos apellidos.
Es costumbre de este país terrible
donde vivo.
No tengo nada más o poca cosa.
Me acuesto. Me levanto.
Bebo vino, café, fumo y regreso.
Estoy como un recuerdo marchitado,
como una vida que se va y no viene.
Yo tampoco vendré. Me llamo Pablo.
Me conozco mi nombre de memoria. Soy
joven.
Quiero decir que tengo veinte años.
Conozco mi estatura, el color de mis
ojos.
Un día del mes de agosto, era el año
pasado,
me dijeron: son verdes como el mar.
Fumo, bebo y me acuesto. Me levanto.
(Con la Virgen María y el Espíritu
Santo.)
Regresar es tan triste como partir
es triste.
Ni parto ni regreso.
Estoy
anclado. Soy un recuerdo
que aún anda de cabeza porque vivir
es triste
como morir es triste.
Me llamo Pablo. Quiero que lo
sepáis.
Me pusieron un nombre sin saberlo,
sin saber que marcaban mi
existencia,
que me ataban a un ser que no
conozco, que veo en el espejo por las tardes
después de haber bebido cualquier
cosa.
Soy un recuerdo malditamente echado
por inercia.
Quiero que lo sepáis:
me llamo Pablo.
Hoy he sentido la muerte
Hoy he sentido la
muerte
en mis espaldas;
hoy he visto a un sereno
con un perro
y me he puesto a llorar porque soy débil
para alzar mi cabeza
alrededor de alguien.
Después de vacilar en dos momentos
me he guardado en mi mano
los secretos
y he sentido un murmullo
que crecía como cosa de Dios.
A veces creo
que no podré callar
estos deseos de amor
que me consumen
y entonces sueño
hacia a mí y algo
me abraza,
algo salido del tiempo reflexivo
de mi futuro encuentro
en el vacío.
La muerte me acompaña
cada noche
cuando pongo mis manos
en mi cuerpo
pensando que soy otro,
cuando salgo a la calle
y bebo vino
junto a algunos amigos
que usan camisas como yo,
que fuman por pasar
un rato a gusto
y me mandan postales
por mi santo.
Y no soy otra cosa
sino muerte
cuando en algún espejo
me contemplo
y me entran ganas
de morir al verme;
entonces pienso en otro,
me cojo por los hombros
con mis manos
y me escondo en mi pecho
sollozando,
mientras de amor mi cuerpo
se hace muerte.
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