domingo, 15 de marzo de 2026

Poetas de vida breve. 9 Juan Panero

 Me duele la locura de los Panero prefigurada por Juan y su accidente.



Los Panero (Leopoldo y sus tres hijos), poetas leoneses adscritos al régimen franquista llenaron una página de desencanto y locura en la poesía española que no vamos a pormenorizar aquí. Juan Panero (Astorga 1908), hermano mayor de Leopoldo, murió en 1937 en un accidente de tráfico siendo alférez en el bando sublevado. Tenía 29 años y un solo libro de poemas.  


CONSAGRACIÓN DE LA SANGRE 



No es la muerte un morir perfilando facciones,
o estirando los miembros contra severos pi-
nos de muertas primaveras.
Ni es angustiar los pechos con la grave caída
de las piedras sonando sobre la paz del mundo.
Ni es partir a las sombras espesas de la tierra
para escuchar del viento la queja lastimera
que pone en los cipreses,
y oír sonar los pasos de hombres tristes que
llevan el corazón con peso,
y percibir el llanto de la madre que queda
esclava de los ríos,
y el llanto de la amada derramado en las
flores.
Ni es la muerte el desmayo de los labios
serenos
como rosas que pierden lozanía y donaire
sobre el rosal ungido por aguas del otoño.
Ni es el gesto de dolor desvaneciendo el
rostro
al cesar en las dulces pupilas la benéfica llu-
via de que se sirve el hombre para ver el
paisaje sereno de la sierra.
Ni tampoco es la muerte el oro que los cirios
dejan caer, temblado, sobre el grave silencio;
ni es la leve ceniza que se lleva la tierra
como nieve humildísima de un pecho que
se hunde lentamente en el olvido.

Es poner luz de vida sobre la carne oculta en
aquella otra carne que hoy sufre podre-
dumbre,
y mostrar el revés como su almendra muestra
al madurar la fruta, por perecer la carne
con júbilo de pájaros.
Es lograr la apacible dulzura y sentir lo más
frágil de las brisas del cielo, al salvar por
la fe la inocencia del alma;
es apurar la sangre en la luz ordenada por
las nubes que cantan la plata fugitiva del
sueño de los ángeles.

Es la entrega del alma a la perenne paz re-
mansada del tiempo,
donde el silencio afirma la divina palabra,
y un torrente de luz la anega y estremece
para darnos el tiemblo preciso de la Gracia;
donde el silencio afirma el no existir del
tiempo,
porque es la caridad el sostenido asombro de
Dios en nuestros ojos,
y nos ciega la de, y la visión trasciende al
gozar su presencia,
y todo es maravilla, majestad y consuelo.
Porque el tiempo no existe donde le tiem-
po nace;
porque sólo es allí donde la luz adquiere
sentido de lo eterno,
y es la luz la elocuente palabra que redime a
los ojos y consagra la sangre.

Morir es desbordar el ámbito del mundo,
que se inicia en los vuelos suavísimos de las
pequeñas aves cuando alaban airosas las
pujanzas del día;
es cortar las tinieblas para alcanzar el manso
manantial de la luz;
romper gloriosamente con los estrechos lími-
tes que ahogan y torturan lo encendido del hombre en sus estancia de tierra.

Morir es consagrar el fervor de la sangre como
la flor de harina consagra la blancura.
Es hacer evidente la existencia del hombre,
confirmando la honda realidad de la muerte.
¡Oh misterio dulcísimo, prodigiosa ventura
colmada en el silencio redentor de la carne!
¡Oh el amoroso alivio prodigando las glorias
excelsas del descanso en la paz de los cielos!
Oh, morir es hallar el delgado sonido de la
carne que luce su transparente vidrio;
es tañir el silencio celeste con los húmedos
huesos que quedaron perdidos entre piedras
y abrojos de humildes cementerios.

La muerte es plenitud perfecta de la vida.
Es agostar los mares hasta dejar la ola que
siente en soledad la delgadez del agua.
Es el fruto del hombre con madurez colmada,
que en presencia del cielo resucita su sangre.
Es un salir sereno, y ansiado de quietudes, de
la prieta angostura que le ponen sus carnes,
para en respiro eterno reposar como arcánge-
les blancos que despegan sus alas al man-
dato divino,
allí donde se sabe del tránsito en la tierra
porque existen los hombres,
y los hombres ascienden con sus alas de sueño
a la morada última,
donde el descanso acierta a ser descanso
eterno.

Cantos del ofrecimiento (1936), Juan Panero Torbado




ADOLESCENTE EN SOMBRA

 

A ti, Juan Panero, mi hermano,

 mi compañero y mucho más;

 a ti tan dulce y tan cercano;

 a ti para siempre jamás



[...]

A ti, que fuiste reciamente 

hecho de dolor como el roble; 

siempre pura y alta la frente, 

y la mirada limpia y noble; 

a ti nacido en la costumbre  

de ser bueno como la encina; 

de ser como el agua en la cumbre, 

que alegra el cauce y lo ilumina; 

a ti que llenas de abundancia 

la memoria del corazón; 

a ti ceniza de mi infancia 

en las llanuras de León.

[...]

desamparada y dura hombría

 donde era dulce descansar,

 como la tarde en la bahía,

 desde el colegio, junto al mar;

 viejos domingos sin riberas

 en la vieja playa de Gros,

 cuando quedaban prisioneras

 las palabras entre los dos;

 cuando era suave y silenciosa

 la distancia que ya no ves;

 los pinares de fuego rosa

 y la espuma de nuestros pies;

 cuando era el alma lontananza

 y era tan niña todavía

 entre mis huesos la esperanza

 que hoy se torna melancolía...

 Allá en la falda soñolienta

 del monte azul, en la penumbra

 del corazón se transparenta

 el hondo mar que Dios alumbra…

[...]

 

Leopoldo Panero




Juan Panero, Luis Rosales y Leopoldo Panero




martes, 10 de marzo de 2026

Poetas de vida breve. 8 Tomás Morales

Me duelen las hercúleas rosas de Tomás Morales tronchadas y reunidas en su mar modernista.




Tomás Morales (Moya, Gran Canaria, 1884) fue uno de los principales poetas del modernismo español. Con 36 años (1920) murió, enfermo, en las Palmas, rodeado de sus amigos: el mar y los poetas.



CANTO SUBJETIVO

 

Yo amo el sol en el triunfo de la Naturaleza, 

los ensueños heroicos de las eras triunfales 

y las tardes de otoño, que tienen la tristeza

de las cosas ingenuamente sentimentales.

El rumor de los élitros y el agua de la fuente 

– la eterna letanía de las viejas quimeras – 

que, con amor, a veces, y otras indiferente, 

voy uniendo a mis rudas canciones marineras.

El mar tiene un encanto, para mí, único y fuerte;

su voz es como el eco de cien ecos remotos 

donde flotar pudiera, más fuerte que la muerte,

el alma inenarrable de los grandes pilotos…

Alma de los turbiones y del grueso oleaje 

que el misterio marino de iniciaciones puebla; 

que silba con la lira sonora del cordaje

y calla en el silencio de los días de niebla…

Yo sé de los piratas de homérica osadía,

y aprendí sus historias, más grandes que ninguna, 

cuando, viajero en sueños, pasé en su compañía 

las noches del Adriático, claras como la luna.

¿Y después? – Fueron brumas y fue un ignoto abismo

de incomprensibles seres y extraña arquitectura;

y ahondando en su misterio y en mi profundo mismo, 

divisé el aquilino perfil de la locura…

Él me guió hasta el seno de un raro firmamento: 

horizontes al brillo de una imposible aurora, 

donde caí, mas, luego, pasó el enervamiento

y olvidé, y olvidando, volvió a tomar mi acento 

la serena tersura del agua fluidora…

Como tras la blasfemia viene el remordimiento…

Ellos me redimieron, y así, mi fantasía

juzga a todos los hombres de un uniforme modo: 

para aquellos que no aman en mi filosofía 

tengo el gesto benévolo que lo perdona todo…

Y si veis que mi alma, a menudo, comete

el pecado de ingenua; no os burléis, se concibe:

soy como un buen abuelo que ha robado un juguete

por contentar al niño que en nuestras almas vive…

¿Y el amor? – Fue el más noble de mis cantos aflejos:

yo ensalcé de los besos el manantial sonoro,

el cinabrio escarlata de los labios bermejos

y el lunar espectáculo de los cabellos de oro…

Sé que han de ser crueles los venideros días, 

porque, en el breve espacio de mis veintidós años, 

desbordé del espíritu todas las alegrías

para que en él cupieran todos los desengaños.

Por eso sé ser triste y en ocasiones, fuerte;

y en medio de mi escudo pondrá mi fe ilusoria: 

el hacha de abordaje que sabe de la Muerte

y el bandolín de plata que espera de la Gloria…




LOS PUERTOS, LOS MARES Y LOS HOMBRES DEL MAR

 

El mar es como un viejo camarada de infancia

a quien estoy unido con un salvaje amor;

yo respiré, de niño, su salobre fragancia 

y aún llevo en mis oídos su bárbaro fragor.

Yo amo a mi puerto, en donde cien raros pabellones

desdoblan en el aire sus insignias navieras,

y se juntan las parlas de todas las naciones

con la policromía de todas las banderas.

El puerto adonde arriban cual monstruos jadeantes,

desde los más lejanos confines de la tierra,

las pacíficas moles de los buques mercantes

y las férreas corazas de los navíos de guerra.

Y amo estos barcos sucios de grasientos paveses,

de tiznadas cubiertas y herrumbrosos metales,

a cuyo bordo vienen marinos genoveses

de morenos semblantes y ojos meridionales.

Y a esos pobres pataches, tristes, desmantelados,

de podridas maderas y agrietado pañol;

más viejos que estos lobos que en un huacal sentados,

al soco de los fardos, están tomando el sol.

 

Y en tanto humean sus pipas, contemplan las viajeras,

naves, que hunden sus torsos de hierro en la bahía,

y relatan antiguas andanzas marineras

en las que, acaso, fueron los héroes un día:

Gavieros atrevidos y patrones expertos

que en la noche sondaron los más distantes lares,

que se han tambaleado sobre todos los puertos

y han escuchado el viento sobre todos los mares…

Y oyeron de las olas los rudos alborotos

golpear la cubierta con recia algarabía,

entre los crujimientos de los mástiles rotos

y las imprecaciones de la marinería.

Y luego, cuando el barco navegaba inseguro,

y era la noche negra como un ceñudo arcano,

miraron, en el fondo del horizonte oscuro,

aparecer la luna como un un fanal lejano…

¡Oh gigante epopeya! ¡Gloriosos navegantes

que a la sombra vencisteis y a la borrasca fiera,

gentes de recios músculos, corazones gigantes;

yo quisiera que mi alma como las vuestras fuera!

Y quisiera ir a bordo de esos grandes navíos,

de costados enormes y estupendo avanzar,

que dejan en las nubes sus penachos sombríos 

y una estela solemne sobre el azul del mar.

Y el timonel sería de esa griega corbeta

que hincha sus velas grises en el ambiente azul;

o el capitán noruego del bergantín goleta

que zarpó esta mañana con rumbo a Liverpool…

¡Hombres de mar, yo os amo! Y con el alma entera,

del muelle os gritaría al veros embarcar:

¡Dejadme ir con vosotros de grumete siquiera,

yo, cual vosotros, quiero ser un Lobo de Mar!

 





SIEMPRE

                   A Tomás Morales

Siempre es la palabra última:

La honda palabra de la raíz eterna.

A ti se te metió el Siempre en el alma

como un arpón agudo que la fijó en la tierra.

                       Alonso Quesada



Tomás Morales y Alonso Quesada en Agaete hacia 1917


miércoles, 4 de marzo de 2026

Poetas de vida breve. 7 Miguel Labordeta

 

Me duele la falta sin fondo de Miguel Labordeta


Miguel Labordeta (Zaragoza, 1921-1969) Poeta de la generación de la postguerra. Murió de un infarto. Tenía 48 años y, en sus últimos días según su hermano menor José Antonio Labordeta, “sentía una enorme vocación de muerto”.




DESTINO


Lo sabéis amigos
no volveremos más.
La virtud de la lluvia
se aniquila en los soles
y el viento entre las flores
se sumerge en la sangre de los toros.
Sólo los viejos vagabundos al morir
pueden saber quizá
el secreto de la hora derramada
y el porqué de la mujer húmeda en estío.
Pero nosotros no. No podemos volver.
Es imposible calavera mariposa
el tiempo entre la niebla seducido.
Somos nosotros mismos
el ritmo pereciente
y nuestro gesto
la invisible caracola de la muerte
primavera pura aniquilada
en incesantes mundos destruidos.
Nada más. Tan sólo eso.
Un levantar baldío de los brazos
para recoger el mar que se nos huye
pletórico de ahogados y de olvidos.
Un lamento también
y un querer crear agujeros
en el agua mansa de los recién nacidos.
Mientras os alejáis
cantando juventudes
yo permanezco aquí
mudo y atónito
como un muerto inmortal
soñando vida inmensa
y una antigua e inconcebible libertad.
No volveremos más.
Es cierto amigos.
Atardece.
La estatua el árbol la hormiga
y esta pena mía tan hermosa
se confunden en la mente ignorada de las manos.
35 segundos han pasado en mi reloj de Pulsera.

Miguel Labordeta




EL POETA

 

Él quiso ser

palabra sobre el río al amanecer,

y caminó

por viejas esperanzas que nadie entendió.

Dejó después

la mano entre las manos y se nos marchó

con un suave silencio

que el viento rompió.

 

Su gesto fue

dolido por el caminar

entre yerbas y piedras

y un extenso erial.

 

Su voz se ató

al yermo del paisaje y a la sangre en flor.

Se hizo pared

allí donde los muros cayeron tras él.

Su soledad

abrió por los caminos la necesidad

que levanta a los hombres

a la libertad.

 

Caminos son

abiertos por su fuerte voz

lanzada contra cierzo y sol

y contra tantos siglos de dolor.

 

José Antonio Labordeta







miércoles, 25 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 6 Màrius Torres

 Em dolen les derrotes de Màrius Torres, vençut per la malaltia i la poesia.




Màrius Torres, metge i poeta (Lleida, 1910) Va emmalaltir de tuberculosi i va passar els set últims anys de la seva vida en el sanatori de Puig d’Olena on va morir en 1942, als 32 anys.



EL TEMPLE DE LA MORT

Com un poble d'ocells, fills de la llum eterna,
des dels pòrtics del temple d'un déu abandonat,
o cos meu, la meva ànima, sedent de claredat,
guaita enfora, a l'espai on la vida governa,

no pas dins teu, al trist recinte humit i gras
on regna, entre la fosca que glaça les palpebres,
la Mort, la immunda Mort, oferta en els altars
a un culte corromput de runes i tenebres.

La Mort - tots els camins que arriben fins a Déu
passen sota els teus arcs, o portal de misteri -.
Ah, qui pogués morir sense agonia, lleu,
cara a la sola llum, a l'esplendor aeri,

alegre, lliure, net com el vol d'un ocell,
travessant l'arc més alt a frec de capitell!



 DOLÇ ÀNGEL DE LA MORT


Dolç àngel de la Mort, si has de venir, més val
que vinguis ara.
Ara no temo gens el teu bes glacial,
i hi ha una veu que em crida en la tenebra clara
de més enllà del gual.
Dels sofriments passats tinc l’ànima madura
per ben morir.
Tot allò que he estimat únicament perdura
en el meu cor, com una despulla de l’ahir,
freda, de tan pura.
Del llim d’aquesta terra amarada de plors
el meu anhel es desarrela.
Morir deu ésser bell, com lliscar sense esforç
en una nau sense timó, ni rems, ni vela,
ni llast de records!
I tot el meu futur està sembrat de sal!
Tinc peresa de viure demà encara...
Més que el dolor sofert, el dolor que es prepara,
el dolor que m’espera em fa mal...
I gairebé donaria, per morir ara
—morir per sempre—, una ànima immortal.




 


viernes, 20 de febrero de 2026

Poetas de vida breve. 5 Miguel Hernández

 

Me duelen los abiertos ojos de Miguel campesinamente ausente,

penalmente silenciado.




Miguel Hernández (1910-1942) Murió en el penal de Alicante enfermo de tuberculosis y sin ayuda médica. Tenía 32 años y los ojos abiertos.




ME SOBRA EL CORAZÓN

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,

hoy estoy para penas solamente,

hoy no tengo amistad,

hoy sólo tengo ansias

de arrancarme de cuajo el corazón

y ponerlo debajo de un zapato.

Hoy reverdece aquella espina seca,

hoy es día de llantos de mi reino,

hoy descarga en mi pecho el desaliento

plomo desalentado.

No puedo con mi estrella.

Y me busco la muerte por las manos

mirando con cariño las navajas,

y recuerdo aquel hacha compañera,

y pienso en los más altos campanarios

para un salto mortal serenamente.

Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,

mi corazón escribiría una postrera carta,

una carta que llevo allí metida,

haría un tintero de mi corazón,

una fuente de sílabas, de adioses y regalos,

y ahí te quedas, al mundo le diría.

Yo nací en mala luna.

Tengo la pena de una sola pena

que vale más que toda la alegría.

Un amor me ha dejado con los brazos caídos

y no puedo tenderlos hacia más.

¿No veis mi boca qué desengañada,

qué inconformes mis ojos?

Cuanto más me contemplo más me aflijo:

cortar este dolor ¿con qué tijeras?

Ayer, mañana, hoy

padeciendo por todo

mi corazón, pecera melancólica,

penal de ruiseñores moribundos.

Me sobra corazón.

Hoy, descorazonarme,

yo el más corazonado de los hombres,

y por el más, también el más amargo.

No sé por qué, no sé por qué ni cómo

me perdono la vida cada día.


                            

A MIGUEL HERNÁNDEZ ASESINADO EN LOS PRESIDIOS DE ESPAÑA


Llegaste a mí directamente del Levante. Me traías,

pastor de cabras, tu inocencia arrugada,

la escolástica de las viejas páginas, un olor

a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado

sobre los montes, y en tu máscara

la aspereza cereal de la avena segada

y una miel que medía la tierra con tus ojos.



También el ruiseñor en tu boca traías.

Un ruiseñor manchado de naranjas, un hilo

de incorruptible canto, de fuerza deshojada.

Ay, muchacho, en la luz sobrevino la pólvora

y tú, con ruiseñor y con fusil andando

bajo la luna y bajo el sol de la batalla.



Ya sabes, hijo mío, cuánto no pude hacer, ya sabes

que para mí, de toda la poesía, tú eras el fuego azul.

Hoy sobre la tierra pongo mi rostro y te escucho,

te escucho, sangre, música, panal agonizante.



No he visto deslumbradora raza como la tuya,

ni raíces tan duras, ni mano de soldado,

ni he visto nada vivo como tu corazón

quemándose en la púrpura de mi propia bandera.



Joven eterno vives, comunero de antaño,

inundado por gérmenes de trigo y primavera,

arrugado y oscuro como el metal innato,

esperando el minuto que eleve tu armadura.


(…)

Pablo Neruda


 De «Los ríos del canto», Canto general.






Poetas de vida breve. 9 Juan Panero

  Me duele la locura de los Panero prefigurada por Juan y su accidente. Los Panero (Leopoldo y sus tres hijos), poetas leoneses adscritos al...