jueves, 2 de abril de 2026

Poetas de vida breve. 11 José Luis Hidalgo

 

Me duele José Luis Hidalgo poniendo rostro a sus muertos
desde la cama de un hospital con neumonía.




José Luis Hidalgo (Torres, Cantabria, 1919), pintor y poeta de la denominada “Quinta del 42”, quedó huérfano de padre con 9 años y murió, enfermo de neumonía, a los 27, en un sanatorio de Madrid (1947).



LOS MUERTOS (Fragmentos)



Hoy vengo a hablarte, mar, como a mí mismo.
Como me hablo cuando estoy a solas,
cuando alejado de los tristes días
que nos contemplan desde el ojo humano
acerco el ascua tenebrosa y sola
al principio del ser, a las raíces
donde alborea, matinal y oscura
la caricia primera de la tierra.

A hablarte vengo, mar, como a mí mismo,
en esta noche mineral y lúcida
mientras la luna, desde arriba, arroja
sobre los mundos una luz calcárea
y en el bisel del horizonte hiere
su duro, lento y solitario hueso.

Hoy vengo a hablarte, porque tú, conmigo
naciste y sin cesar crecimos
cuando en la rosa del albor primero
con vesperal y fabuloso ojo
detrás de los helechos acechaba
el paso de los corzos y la sangre,
empapando la tierra, me llamaba
hacia los bosques, como el fuego ardiente
de una lejana y cegadora estrella.

En esta noche en que mi historia acaba,
en que los siglos sordamente suenan
bajo las plantas de mis pies desnudos,
bajo la tierra donde crecen árboles
y las palomas y las flores vuelan
junto a la hermosa garra de las águilas...
A ti, acudo, mar, en esta hora
porque el destierro de tu voz me llama
y en el hondón de mis entrañas siento
removerse otra agua clamorosa.
Tú solo, mar y mar, gimiendo
la soledad tremenda del que a nadie
puede decir su soledad. El mundo,
las lejanas estrellas que podían
escuchar tu dolor o presentirlo,
estaban lejos, porque Dios quería
tu sola soledad, tu dolor solo
como un terrible cántico a su gloria.
                          [...]
-Por debajo de mí los enterrados,
como fríos veleros, navegando
por otro mar sombrío, el de la muerte,
donde un viento, que es tierra, los empuja
hasta el confín ardiente de mi vida.
Dios no pregunta, porque Dios se basta.
La tierra calla, porque nada espera.
El mar hermoso, bajo los luceros,
y el hombre solo, bajo los planetas,
su muerte inútil, sin morir, rechazan
contra la roca ciega del futuro.


CABALLO

 

Caballo, siempre hijo, nieto de caballos,                 

padre de dulces potros engendrados en vientres               

y engendradores de engendradores en un tiempo sin mí              

cuando mi corazón sea un astro perdido.                

 

Hermosa bestia dura, la antigua tierra pisas           

como si el viejo Dios para ti la creara,                     

porque eres vida ardiente y párpado vibrante                    

que brillas como un látigo contra los verdes céspedes.                  

 

Se escucha en el silencio tu sangre rumorosa                     

como un mar armonioso que por dentro cantara               

y en la noche del mundo tu relincho se eleva                     

como un cálido chorro que a las estrellas quema.              

 

Como piedra instantánea paraliza tu cuerpo                       

un rumor de raíces que en la tierra se hunden...                 

¡Pero de pronto escapas!, bajo la luna roja             

huyes como una lanza pisándote la sombra            

que sobre la llanura se posa como un ala               

mientras se enorgullece la humilde yerba fina                    

de tu seca pisada tan firme como el trueno.           

 

Caballo, siempre hijo, nieto de caballos,                 

padre de dulces potros engendrados en vientres               

y engendradores de engendradores en un tiempo sin mí              

cuando mi corazón sea un astro perdido.


Arriba

¡He nacido y he muerto tantas veces!

 

Arriba¡He nacido y he muerto tantas veces!

El hombre que ahora soy no lo comprendo,

acaso no soy yo, es aquel otro

hundido y olvidado por las calles

que en una tarde amarga dejé solo.

 

Y quiero recordarlo y se me borra

perdido en la salida de los cines,

acaso en un retrato que mi madre

guardaba de la luz con mano triste.

 

Pero voy comprendiendo. Me supongo

acaso como soy, y escribo versos

y sueño para todos... Sí, comprendo,

para nacer hay que morir primero.

Aquí, su obra poética completa


José Hierro y José Luis Hidalgo


Poetas de vida breve. 11 José Luis Hidalgo

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